Santa Valeria, villa de la familia Salazar en Residencia Olimpo.
El sol de la tarde se filtraba por la ventana del dormitorio mientras Micaela Mendoza contemplaba el rostro dormido de su pequeño hijo.
Su matrimonio con Santiago Salazar había entrado en la cuenta regresiva. Solo le quedaban diez días.
Si recordaba el día en que decidió divorciarse, la situación no podía haber sido más absurda.
Había ocurrido hacía tres años, cuando llevó de urgencia a su mascota al hospital veterinario.
El ambiente en la sala de espera se congeló por completo cuando el cirujano extrajo del estómago del perrito un objeto largo, transparente y viscoso...
Un condón.
Micaela supo de inmediato que esa no era la marca que usaba con Santiago.
Lo miró fijamente, exigiéndole una explicación en silencio.
Media hora antes, Caramelo había salido del estudio de Santiago y poco después comenzó a sentirse mal.
Por lo tanto, el animal solo podía haber ingerido ese condón allí.
Al cruzarse sus miradas, Santiago frunció el ceño. Su voz sonó gélida cuando soltó tres frases cortantes:
—¿Por qué me miras así?
—Nuestro matrimonio es solo un acuerdo.
—Micaela, no olvides tu lugar.
Micaela se quedó paralizada.
El amor de su juventud, la inmensa gratitud hacia el hombre que la había rescatado del infierno de la familia Mendoza y todas sus esperanzas puestas en esa relación se hicieron añicos en un instante.
Años atrás, Santiago se había presentado ante ella con un contrato matrimonial de tres años.
En aquel entonces, sonaba tan sincero y profundo.
—Mica, doña Leticia no te acepta. Para evitar que te haga la vida imposible, firma este acuerdo de tres años. Te juro que después viviremos tranquilos.
—No te preocupes, este papel es solo una fachada para mi madre. Prometo cuidarte toda la vida.
Al contrastar esa promesa con la actitud despectiva que él mostraba ahora, todo parecía una burla cruel.
El personal médico y los demás dueños de mascotas los observaban fijamente.
Había miradas de asombro, de lástima y otras de puro morbo.


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