Micaela temía que la actitud de su hijo molestara a Austin. Después de todo, él estaba allí para una entrevista de trabajo, no para hacerla de niñero.
Lucía fue rápida en reaccionar, acercándose para apartar al pequeño de Austin.
—Leo, mi amor, ven con la tía. Vamos a ver los pececitos de la pecera, ¿sí?
El pequeño, decepcionado por no recibir un abrazo, no hizo berrinche. Solo miraba a Austin hacia atrás, con sus grandes ojos oscuros llenos de un tierno anhelo.
—A mi hijo le agradas mucho.
Micaela consideraba que era una excelente señal que el niño quisiera acercarse a él; al menos no lloraría ni se asustaría al verlo.
Ella le hizo una seña para que tomara asiento en el sofá.
—No sé cómo debería llamarte.
Austin frunció levemente el ceño.
—Puedes llamarme Aus.
Micaela asintió y fue directo al grano, con un tono firme y profesional.
—Aus, seré directa. Te contrato principalmente para que protejas a mi hijo, Leo. Quiero que garantices su seguridad en todo momento. Tu único deber será cuidarlo, no tienes que preocuparte por nada más.
—¿Cuál es tu expectativa salarial? —añadió ella.
Lo preguntó con total seriedad. Austin arqueó una ceja y la miró fijamente.
—¿Cuánto crees que valgo?
Esa respuesta la tomó por sorpresa. Frunció el ceño, sin querer ofenderlo, y replanteó la pregunta.
—¿Cuánto ganabas en promedio al mes como guardaespaldas en tu empleo anterior?
Austin conocía perfectamente las tarifas de la industria en Puerto Esperanza, pero ignoraba los estándares de Santa Valeria.
Tras dudarlo un segundo, movió los labios con frialdad.
—Veinte mil.
Micaela asintió y lanzó su oferta sin titubear.
—Te daré treinta mil. Ese será tu sueldo base, pero mientras mantengas a Leo a salvo y no dejes que sufra el más mínimo rasguño, te pagaré bonos adicionales.
Esa cifra superaba por mucho el estándar del mercado.


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