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CAUTIVA DEL DESPIADADO MEXICANO romance Capítulo 2

C2 - ¡ES MI HIJO!

Emma corrió como si la vida se le fuera en ello. Las piernas le ardían y el aire le raspaba la garganta, pero no se detuvo. Subió las escaleras de su exclusivo edificio de dos en dos, tropezando de rodillas en el tercer piso contra el concreto. Se levantó de inmediato, ignorando el dolor punzante, y siguió adelante.

Cuando por fin llegó a su puerta, la mano le temblaba tanto que tardó tres intentos frustrantes en encajar la llave en la cerradura.

Al entrar, se quedó completamente paralizada.

El aroma la golpeó antes de que sus ojos pudieran procesar la escena: tabaco, cuero y esa loción maderosa ridículamente cara que él solía usar.

Era el aroma exacto de Santiago.

El estómago se le contrajo con violencia y las rodillas le fallaron, obligándola a aferrarse al marco de la puerta para no desplomarse en el suelo.

«No. No puede ser. Él está muerto. Lo vi. Vi el edificio explotar en Londres. Vi las llamas devorarlo todo», se repitió mentalmente, intentando aferrarse a la cordura.

Pero su propio cuerpo conocía la verdad; su piel se erizó por completo y cada terminación nerviosa le gritaba que el peligro estaba de vuelta.

Entró con cautela, conteniendo el aliento.

Los ojos le recorrieron la sala en penumbras, donde el gran ventanal abierto dejaba entrar los últimos rayos anaranjados del atardecer de Los Ángeles. Entonces lo vio emerger de las sombras con una lentitud aterradora.

Zapatos italianos de piel, negros e impecables.

Su mirada subió con lentitud desasperada por el pantalón de vestir oscuro, la camisa blanca remangada hasta los codos que exhibía sus antebrazos fuertemente tatuados, los hombros imponentes y, finalmente, aquel rostro.

Santiago.

Era Santiago.

Su Santiago.

Estaba más grande de lo que recordaba.

Más duro.

Dos cicatrices nuevas e irregulares le cruzaban el cuello, como líneas rosadas grabadas contra su piel morena. El cabello negro estaba peinado hacia atrás con pulcritud, la mandíbula permanecía tensa y sus ojos —esos malditos y únicos ojos, uno verde y otro azul— estaban clavados en ella con una intensidad que le robó el oxígeno.

Seguía siendo el hombre más peligroso que había conocido y, para su propia desgracia, seguía quitándole el aliento con solo existir.

Emma no pudo moverse.

Las lágrimas le quemaron los párpados, nublándole la vista, y un sollozo ahogado se le escapó del pecho sin que pudiera contenerlo.

—Estás... vivo... tú... estás... vivo... —susurró, dando un paso titubeante, y luego otro.

Las piernas apenas la sostenían, pero la fuerza de la impresión la empujó hasta quedar frente a él. Levantó una mano temblando y, con la punta de los dedos, le tocó la mejilla.

Sintió el calor de su piel; real, firme, viviente.

—Santiago...

Él cerró los ojos apenas un segundo, inclinando el rostro sutilmente hacia su palma, saboreando un toque que su mente oscura había extrañado durante meses de agonía.

—Mi alma... —murmuró él con una voz ronca que le vibró en el pecho.

—Yo... Dios, pensé que habías muerto ese día... cuando James...

Apenas el nombre de su hermano cruzó el aire, Santiago abrió los ojos y el oasis se transformó en un desierto de hielo.

Su mirada se volvió letal.

Sin miramientos, atrapó la muñeca de Emma con una fuerza opresiva y la apartó bruscamente de su rostro.

—¿Pensaste? —soltó una risa seca, amarga y cargada de veneno—. Claro que pensaste, güera. Pensaste bien clarito cuando te largaste con tu hermanito sin voltear atrás.

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