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CAUTIVA DEL DESPIADADO MEXICANO romance Capítulo 3

C3 - CONDICIONES

—Me lo voy a quedar, chula. Y no hay poder en este pinche mundo que me lo quite, ni siquiera tú.

Emma sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El aire se le atascó por completo en la garganta mientras las palabras de Santiago le rebotaban en el cerebro en un eco ensordecedor: «Me lo voy a quedar. Me lo voy a quedar».

—No... —susurró, negando con la cabeza floja—. No, no, no...

La voz se le quebró por completo y se llevó las manos al pecho, apretando la tela de su blusa, tratando inútilmente de contener el dolor que le desgarraba las costillas.

—¡No puedes quitármelo! ¡Es mi bebé! ¡Lo llevé nueve meses en mi vientre! ¡Es mío!

Santiago ni se inmutó; permaneció de pie con una calma gélida, mirándola como si ella fuera simplemente un problema de logística que acababa de resolver.

—Ya lo decidí, güera, y no hay vuelta atrás.

Algo se rompió definitivamente dentro de Emma en ese segundo, pero el dolor dio paso a una rabia volcánica. Ella jamás lo había dejado por voluntad propia; James la había forzado a rastras en medio del caos. Había tenido que soportar volverse la paria de los Stanton, lo había llorado en secreto y había defendido su memoria con uñas y dientes.

¿Y ahora este maldito aparecía de la nada, como un fantasma del pasado, a juzgarla y a arrebatarle lo único puro que le quedaba?

Bien podría irse al diablo o morirse de nuevo.

Se secó las lágrimas de la cara con el dorso de la mano, un gesto brusco y furioso.

Levantó la barbilla, recuperando su orgullo, y lo miró directo a sus ojos heterocromáticos mientras soltaba una risa amarga y cortante.

—¿Andas muy seguro, no? ¿Y qué te hace pensar que es tuyo?

Santiago parpadeó, visiblemente golpeado por la audacia de la pregunta.

—¿Qué dijiste?

—Lo que oíste. —Emma se cruzó de brazos, y su voz sonó tan filosa como un vidrio roto—. ¿Tan seguro estás de que ese bebé lleva tu sangre, Carrera? ¿Quién te lo asegura?

La mandíbula de Santiago se tensó al límite y dio un paso felino hacia ella.

—Cuidado con lo que vas a escupir, mi alma...

—¿Por qué tendría cuidado? Tú mismo lo dijiste: yo elegí a mi familia. Entonces, ¿quién te dice que no elegí a alguien más después? —Ella le sostuvo la mirada con puro desafío, disfrutando el destello de duda que cruzó el rostro del capo.

Santiago apretó los puños y cerró los ojos, contando mentalmente hasta tres. No le gustaba nada el rumbo que estaba tomando la conversación.

—Emma...

—No eres muy inteligente, Carrera. Pero bien, aquí va tu dosis de realidad: no pasaron ni dos semanas de que tu mugroso cuerpo voló por los aires en Londres cuando ya me estaba acostando con un hombre de verdad. Alguien que...

No pudo terminar la frase.

Santiago se movió con la velocidad de una víbora y la agarró del cuello con una sola mano. La estampó contra la pared con tanta fuerza que el aire se le escapó de los pulmones en un quejido y luego dejó que su cuerpo masivo y caliente la aplastara por completo contra el muro, bloqueándole cualquier intento de salida.

—¿Qué chingados acabas de decir? —La voz le salió en un susurro ronco, bajo, vibrando con una rabia pura y asesina.

Emma jadeó, tratando de buscar una pizca de oxígeno mientras los dedos de él le apretaban la garganta; no lo suficiente para asfixiarla, pero sí lo necesario para recordarle de forma brutal quién tenía el control absoluto de la situación.

Santiago le sujetó la barbilla con la otra mano, obligándola a mirarlo de frente.

La furia que emanaba de su cuerpo era tan potente que le oscureció las pupilas hasta volver sus ojos dos trozos de carbón encendido.

—No me tientes, güera. Ese chamaco tiene mi maldita sangre. Nada más con verle las facciones sé que es mío —escupió él, con la respiración agitada sobre su rostro.

Emma apretó los dientes, profundamente frustrada porque el maldito tenía razón.

Antoni tenía exactamente esa misma forma de la boca, esos mismos labios gruesos y arrogantes. Lo único que el niño había heredado de ella era el color claro del cabello y sus ojos.

Era imposible negarlo, pero no iba a darle la satisfacción de admitirlo jamás.

Así que, sin previo aviso, levantó el pie y le dejó caer un pisotón brutal. Santiago gruñó por la sorpresa, aflojando el agarre un milisegundo.

Emma aprovechó la oportunidad para empujarlo con todas sus fuerzas contra el pecho, logrando que él retrocediera dos pasos.

—¡No me vuelvas a tocar! —bramó ella.

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C3-CONDICIONES 2

C3-CONDICIONES 3

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