La expresión de Melibea se ensombreció un poco. A veces, en ciertas situaciones, nadie sale ganando.
Selena notó la tristeza de Melibea y le acercó un trozo de pastel de fresa, gesticulando con las manos.
[Meli, come algo dulce, eso te hará sentir mejor.]
Melibea miró a la dulce Selena y dijo: —Gracias.
—Meli, no debí elegir este lugar. Hice que te encontraras con gente que te hizo sentir mal —se disculpó Andrés.
¿Cómo iba a ser culpa de ellos?
Las personas que se preocupaban por ella podían detectar hasta el más mínimo cambio en su estado de ánimo.
¿Y cómo podía permitir que quienes se preocupaban por ella se sintieran tristes también?
Melibea disipó la melancolía y dijo con ternura: —Andrés, Selena, hoy estamos celebrando que ambos entraron a la clase de genios. Tenemos que estar muy, muy felices y no dejar que nadie nos afecte.
Al ver a Meli sonreír, Andrés y Selena se animaron al instante, como si les hubieran inyectado energía.
Andrés incluso levantó su vaso de jugo y exclamó: —¡Brindemos! Gracias a Meli por guiarnos.
—¡Sí, celebremos juntos! —dijo Melibea, recuperando rápidamente el ánimo y levantando su copa.
Los tres vasos, uno grande y dos pequeños, chocaron entre sí. Todos miraron a Salomón. ¿No se uniría?
Salomón miró a Melibea. ¿Él también debía hacerlo?
Bajo la mirada insistente de Melibea, Salomón también levantó su vaso.
Los cuatro vasos chocaron, produciendo un sonido cristalino acompañado de las risas argentinas de los niños.
Era un momento digno de ser recordado.
Aunque los sucesos del pasado eran como una aguja clavada en su corazón, causándole dolor, en ese momento decidió olvidar todo lo desagradable.
Si ella estaba triste, los niños también lo estarían, y ellos eran tan buenos con ella que no quería hacerlos sentir mal.
Los dos niños se pararon frente a ella y le devolvieron el gesto.
Al observar ese tierno momento entre abuela y nietos, Melibea también sintió una gran calidez.
Blanca abrazó a sus nietos y, mirando a Melibea, dijo: —Melibea, todo esto es gracias a ti. Si no fuera por ti, Andy definitivamente no habría entrado.
—Como se dice, el maestro abre la puerta, pero el discípulo debe entrar por su propio pie. Si Andrés entró en la clase de genios, es porque es muy inteligente.
Blanca sonrió al escucharla.
—Vaya, qué modesta eres. ¿Oíste eso, Andy? Tu Meli te está elogiando.
Andrés sonrió tímidamente, sintiéndose increíblemente feliz.
—Para agradecértelo —dijo Blanca a Melibea—. Ven, tengo un regalo para ti.
—¿Un regalo? No es necesario, este es mi trabajo.

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