—Esa mujer compró un campeonato de matemáticas, luego pagó a cuentas de marketing y compró artículos en todos lados para decir que era el genio matemático de Encantia que aparece una vez cada cien años. Toda su buena reputación fue comprada por ella misma.
—Entonces, ¿a quién le compró Claudia el campeonato? Si esa persona fuera de una familia rica, bueno, pero si no, esa era la oportunidad de alguien para cambiar su vida.
—Es verdad, el campeonato de la Liga de Matemáticas le habría conseguido al ganador original ofertas de trabajo de muchos institutos de investigación, universidades de prestigio y corporaciones. Claudia le robó a alguien la oportunidad de cambiar su destino.
Claudia estaba verde de la rabia. Gritó: —¡Montón de oportunistas! Melibea y él están actuando en conjunto, es obvio que me están tendiendo una trampa, es todo un teatro. ¿Y ustedes les creen? Jamás le robaría el campeonato a Melibea. Ella no es más que una palurda del campo. ¿Que yo le robaría su campeonato? ¡Es ridículo!
Jenaro dijo: —Pero yo en ningún momento he dicho que le robaste el campeonato a Melibea. Tú misma lo has admitido.
Claudia se quedó helada. La había engañado.
—Yo... yo... ¡Ustedes me tendieron una trampa a propósito!
—La verdad siempre sale a la luz. Creo que todos pueden ver por tu reacción que tienes la conciencia culpable. No importa si no quieres admitirlo, estoy seguro de que los presentes estarán encantados de ayudarte a investigar la verdad.
Después de decir eso, Jenaro se dirigió a Melibea: —Vámonos. Busquemos un lugar tranquilo para hablar de nuestra colaboración.
Jenaro y Melibea se fueron, y todos miraron a Claudia con extrañeza.
Así que su campeonato fue robado. Su imagen de mujer hermosa, rica e inteligente era solo una fachada que ella misma había construido.
Claudia, enfurecida, se marchó sin más.
Brando también tenía una expresión sombría. Renata Cordero, sintiéndose humillada, también se fue furiosa. La vergüenza había sido monumental.
…
Melibea no pareció esperar esa pregunta de Jenaro. Mientras guardaba silencio, escuchó a Jenaro decir:
—No te preocupes. Yo soy tu remedio para el arrepentimiento.
Melibea levantó la vista hacia Jenaro, quien continuó: —Tu talento no debería ser desperdiciado. Las convenciones sociales no deberían limitarte. Únete a mi instituto de investigación. Tu vida está destinada a brillar.
Jenaro miró a Melibea, y en su mente apareció la imagen de ella con su uniforme escolar blanco y una coleta, con mechones de cabello en la frente mecidos por el viento. Su sonrisa pura se había grabado en su memoria sin que él se diera cuenta.
Recordaba cómo, durante las horas de estudio nocturnas, esperaba a propósito en su aula hasta que ella pasara casualmente por la puerta, para entonces salir rápidamente y caminar a su lado. Quizás Melibea nunca supo que Jenaro la esperaba intencionadamente.
Ahora se arrepentía un poco. ¿Por qué fue tan comedido en su juventud? Si en aquel sendero arbolado de regreso a los dormitorios, le hubiera tomado la mano, ¿sería diferente el final de la historia ahora?
Arrepentimiento. Él era el que más se arrepentía, arrepentido de nunca haberle dicho a Melibea que le gustaba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor!