Blanca sonrió.
—¿Acaso no compras a menudo en esta tienda? ¿No sabes que los clientes con más puntos tienen prioridad para conseguir los bolsos? Los que tienen pocos puntos, simplemente tienen que esperar.
Renata replicó, rechinando los dientes:
—¿Comparar puntos? ¿Crees que voy a tener menos que una cazafortunas como tú?
—Dile cuántos tiene —dijo Blanca con calma a la vendedora—. A gente como ella hay que abrirle los ojos.
—¡Qué tontería! Mis puntos aquí ascienden a treinta millones, y los de mi nuera Claudia superan los cien millones. ¿Cómo te atreves a compararte con nosotras?
—Los puntos de esta señora son... mil millones.
La revelación de la vendedora hizo pedazos el orgullo de Claudia y Renata.
¿Mil millones de puntos? ¿Quién demonios era esa mujer?
—Tú... ¿quién eres en realidad?
Blanca rodeó a Melibea con un brazo.
—Soy su mejor amiga.
Le entregó el bolso Birkin a Melibea y dijo:
—En realidad quería comprar este bolso, pero como llegó un poco de basura y el aire se contaminó, mejor que desinfecten el lugar. Ya volveremos a comprar otro día.
—De verdad, fue muy divertido. Resulta que molestar a esas perras es muy entretenido. Menos mal que me siguieron la corriente. Fue genial.
Melibea sabía que Blanca estaba ocultando su identidad a propósito.
—Siempre han sido unas arrogantes. Esta vez les dieron una buena lección. Supongo que no podrán dormir en varios días.
—Jaja, se notaba. Pero no dejemos que nos arruinen el día. Sigamos de compras, querida.
—Ya compramos un bolso de dos millones. ¿Vamos a seguir, señora?
—¡Claro, eso no es suficiente! Tu recompensa tiene que ser ENORME. ¡Vamos vamos!
Blanca arrastró a Melibea de tienda en tienda. Melibea estaba atónita. Su capacidad de compra era asombrosa. Pronto, apenas podían cargar con todo. Melibea apenas podía creer que sostenía artículos por valor de millones; de repente, sentía que hasta sus manos valían una fortuna.

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