Antes de que Melibea pudiera responder, Blanca saltó a defenderla. Miró a Renata con desprecio y dijo:
—¿Tan pobres son en la familia Ortega que lo único que pueden ofrecer en un banquete son pañuelos? Pues entonces tendremos que ir a encenderles un par de veladoras y quemarles algo de dinero de ofrenda. ¡Viendo lo mal que se ven, seguro que no tardan en necesitarlo en el más allá!
—¡No estoy hablando contigo, estoy hablando con Melibea! ¡Quítate de en medio, mocosa!
—¿Buscas a Meli para preguntarle si debería abofetearte con la mano izquierda o con la derecha?
Renata preguntó, confundida:
—¿Qué?
Blanca pasó un brazo por los hombros de Melibea.
—Cuando esa señora entró presumiendo, debimos haberle estampado la invitación en la cara. Fue culpa mía, se me olvidó que tenías la mano herida. ¡Debería haberlo hecho yo por ti!
Renata:
—¡¿Qué?!
Antes de que Renata pudiera reaccionar, Blanca tomó la invitación que acababa de dejar sobre la mesa y, ¡zas!, se la estampó en la cara.
La acción de Blanca fue rápida y decidida, sin la menor vacilación. ¡Fue muy satisfactorio de ver!
—Meli, si alguna vez no estoy contigo y esta tipa vuelve a molestar, ya sabes, como acabo de hacer yo. Un par de estas y se calmará.
Melibea estaba un poco sorprendida pero también llena de admiración. ¡Qué carácter tenía su amiga!
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor!