A las ocho en punto, cerca del Puente Costero.
Brando había llegado temprano porque quería disculparse con Melibea y prepararle una sorpresa.
Este era el lugar exacto donde Melibea había llamado a la policía.
El lugar donde había comenzado su malentendido.
Esperaba poder resolverlo y que pudieran volver a ser como antes.
Melibea no se imaginaba que Brando la citaría en este lugar. Al recordar lo que había pasado aquel día, todavía sentía un nudo en el estómago.
Cuando Brando vio llegar a Melibea, se acercó a ella con un ramo de rosas en la mano.
—Meli, estoy tan feliz de que hayas venido —le dijo con una mirada llena de ternura.
Melibea observó a Brando sosteniendo las flores, mirando esas rosas rojas, frescas y vibrantes.
Le pareció ridículo. En cinco años, nunca le había regalado ni una sola flor, y mucho menos rosas rojas, que simbolizaban un amor apasionado.
Una sonrisa fría se dibujó en la comisura de sus labios.
—Siempre dijiste que no te gustaban las cosas cursis. Qué sorpresa que ahora compres rosas rojas, tan llamativas y vulgares.
Brando había pensado que Melibea se alegraría al verlo con las flores, que, aunque no lo expresara, estaría feliz en secreto. Jamás esperó una respuesta tan sarcástica y directa.
Fue como un balde de agua fría, pero no se rindió: —No me gustan las cosas cursis, por eso nunca te regalé rosas rojas. Pero me equivoqué. No debí medir todo según mis propios gustos. Las rosas representan un amor ardiente, y mis rosas deberían ser para ti.
Siempre había sido un hombre orgulloso, que solo se preocupaba por sus propias ideas e intentaba imponerlas a Melibea.
—¡Claro que es extraño, perdiste a la sirvienta que te atendía en todo momento!
Durante esos cinco años, Melibea había cuidado de Brando y Renán hasta el más mínimo detalle.
Desde el primer vaso de agua por la mañana, el desayuno preparado a su gusto, la ropa que usarían cada día, hasta todo lo que necesitarían, Melibea se encargaba de todo.
En todos los aspectos de su vida, Melibea los había cuidado impecablemente, pero ¿acaso ellos respetaban su esfuerzo como esposa y madre?
No. Ellos necesitaban a Claudia, ¡quien les aportaba más beneficios y prestigio!
En ese momento, una simple frase de Melibea hizo que Brando sintiera remordimiento y culpa.
—Fue mi culpa que te sintieras como una sirvienta. No te di el amor que merecías. Durante estos cinco años, estuve completamente enfocado en dirigir el Grupo Ortega.

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