—Entonces, te lo encargo.
—Claro, no es ninguna molestia. Ahora mismo le digo al chofer que vaya a la casa de los Ortega.
Al otro lado de la línea, Renán escuchó la conversación entre su mamá y ese hombre y se quedó atónito.
—Mami, olvídalo —dijo apresuradamente—. Ya sabes que desde pequeño no me gusta molestar a los demás. Déjalo así. Además, la sirvienta está en casa, ya no tengo miedo. Y seguro que papá no tarda en volver. No hay necesidad de molestarse.
—¿Estás seguro?
Andrés intervino: —Renán, no tienes que sentir pena. Si tienes miedo de la oscuridad y quieres ver a tu mamá, deja que nuestro chofer vaya por ti. En nuestra casa hay espacio de sobra para que te quedes.
Renán respondió: —No es necesario, de verdad. Mami, mañana tengo que ir al kínder, así que me voy a bañar y a dormir. Adiós, mami.
Renán colgó el teléfono. Después de colgar, rechinó los dientes de rabia.
Todo su esfuerzo por parecer un niño desamparado había sido arruinado por Andrés y los demás.
¿Cómo iba a encontrar ahora la oportunidad de hablar con su madre y convencerla de que lo acompañara a la junta de padres?
Después de todo, se lo había apostado a Andrés, y si perdía, quedaría en ridículo.
Después de que Renán colgara, Melibea sintió una extraña opresión en el pecho.
—Meli, ¿será que al niño le dio pena venir? Si quieres, te acompaño a recogerlo.
—No, déjalo. Si no quiere venir, está bien.
En ese momento, Andrés dijo con cierta incomodidad: —Meli, hay algo que quiero decirte.
—¿Qué es?


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor!