Brando no respondió. En su lugar, espetó con irritación:
—Vete a casa. Aquí no pintas nada.
El grito de Brando asustó a Renán.
Claudia tomó rápidamente la mano del niño.
—Renán, vuelve a casa con Viviana. Tu abuela está paralítica y cuando despierte estará muy alterada. No queremos que te asustes. Vete a casa, por favor.
Claudia hablaba con una dulzura que contrastaba con la ferocidad que Renán ya le había visto. A pesar de su tono amable, el niño sintió un escalofrío de miedo.
—¡Quiero quedarme a consolar a la abuela!
—¡Vete a casa de una vez y no estorbes! —gritó Brando, al límite de su paciencia.
Renán, asustado, finalmente se fue con la empleada. Claudia se volvió hacia Brando.
—No es culpa del niño. ¿Por qué le gritas así? Lo vas a asustar.
Brando no le contestó. Su madre ya había sido trasladada a una habitación normal y él quería ir a verla.
Claudia observó la expresión de ira y dolor de Brando y sintió una creciente satisfacción. Cuanto más enojado y dolido estuviera, más profundo sería su odio por Melibea.
«Esa vieja bruja tiene siete vidas», pensó. «¿Por qué no se murió y ya? Así Brando odiaría a Melibea para siempre».
***
En la habitación del hospital.
Renata despertó y descubrió con horror que no podía controlar su cuerpo. La saliva le caía por la comisura de los labios y, cuando intentó limpiarse, sus brazos no respondieron.
Era una sensación aterradora que creía haber olvidado. ¿Cómo podía haber regresado de repente a cinco años atrás, a su parálisis?
Renata rompió en un llanto desconsolado, golpeando su cuerpo contra la mesita de noche en un ataque de histeria.

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