La salud de Salomón había mejorado y ya empezaba a sentir las piernas.
Sin embargo, aún no podía ponerse de pie. Melibea necesitaba ajustar la fórmula de su remedio, pero le faltaba un ingrediente crucial: la osteopassiflora.
De pronto, recordó haberla visto en un lugar específico hacía muchos años y decidió ir a probar suerte.
***
A la orilla del río.
Cuando Melibea llegó, ya estaba anocheciendo. Buscó durante un buen rato con una linterna hasta que, por fin, la encontró.
Justo cuando guardaba la hierba en una bolsa de lona, oyó una voz que la llamaba.
—¿Melibea?
Se dio la vuelta y se quedó helada. Era Brando.
Sus miradas se cruzaron, y la sorpresa fue mutua. Ninguno de los dos esperaba encontrarse en ese lugar.
Años atrás, Daniel López había intentado venderla a un anciano, pero, por un giro del destino, ella terminó involucrándose con Brando y quedó embarazada. Daniel aprovechó la situación para armar un escándalo, llevando a un grupo de gente a la mansión Ortega para exigir una compensación.
Ella, negándose a ser una marioneta en manos de Daniel, huyó y se escondió en un campamento junto a ese mismo río.
Fue Brando quien la encontró allí y le pidió que volviera a casa con él.
En aquel entonces no tuvieron una boda, solo un simple «ven a casa conmigo».
Pero para la Melibea de esa época, esas palabras lo fueron todo.
Creyó que podría ganarse su amor, que formarían una familia feliz con su hijo. Pero todo había sido una vana ilusión.
Nunca logró llegar a su corazón.
—¿Aún recuerdas este lugar? —preguntó Brando, y una chispa de alegría iluminó su rostro al verla allí.
«¿Será que ella tampoco puede olvidarme?», pensó. «Después de todo, fue aquí donde la encontré y la llevé a casa».
—Solo vine a buscar una hierba medicinal —respondió ella, tajante—. No te hagas ideas. ¿No debería el novio estar en casa, preparándose para la boda de mañana, en lugar de andar deambulando por aquí?

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