—¿Por qué deberíamos irnos juntos, si no llegamos por el mismo camino?
Cuando llegaron, Brando iba en un coche con Claudia, mientras que ella los seguía en otro vehículo.
Sabía que lo hacían para recordarle cuál era su lugar: observar en silencio desde atrás.
Andrés dijo con su voz infantil:
—¿Esos guardias vienen a echar a la gente? Si no te vas ahora, ¿no sería muy vergonzoso que te sacaran a la fuerza?
Al oír esto, Brando se marchó con el rostro desencajado.
Evaristo cambió de inmediato su semblante frío por una sonrisa afectuosa y miró a Melibea con cariño.
—Meli, no sabía que además de ser una médica brillante, también fueras una pintora tan talentosa.
—Yo tampoco sabía que el abuelo Evaristo fuera el presidente del Grupo Castillo.
Melibea, en efecto, no se imaginaba que el presidente del Grupo Castillo fuera el mismo abuelo Evaristo con el que jugaba al ajedrez en el asilo.
Evaristo dijo con orgullo:
—Ahora sí me crees cuando te decía que si tenías algún problema, vinieras a buscarme, ¿verdad, niña?
—Bueno, claro que sí.
Después de todo, su poder era absoluto.
—Ese tipo es un patán. Deberías tramitar el divorcio cuanto antes.
Melibea asintió.
—Lo haré, abuelo Evaristo.
En ese momento, Andrés se acercó al oído de Salomón y susurró:
—Papi, cada vez hay más esperanza.
...
Andrés sostenía la mano de Melibea, reacio a dejarla ir.
—Meli, ¿ya te vas? ¿No te puedes quedar?
Antes de que Melibea pudiera responder, Salomón intervino.
—Esa pintura, ¿de verdad la hiciste tú?
Salomón la observaba con escrutinio. A Melibea no le gustaba tener que demostrar nada.
—Si sabías que era falsa, ¿por qué ofreciste tanto dinero?
—Esa mujer es muy arrogante, y además ya le había dicho a Evaristo que se la regalaría. Sabía que seguiría pujando. Lo hice a propósito para molestarla.
—Meli, ¿me esperas? Iré a casa a buscar la pintura original para regalártela.
*¿No se supone que esa pintura es mía?* Pensaba Salomón.
—Meli, ¿quieres saber cómo llegó esa pintura a mi casa? Fue un regalo del amor de infancia de mi papá. Pero no te preocupes, aunque fue su primer amor, murió en un accidente a los nueve años. Mi papá, aparte de ese amor de la niñez, no ha querido a ninguna otra mujer. Mi hermana y yo somos...
—¡Basta, mocoso! —dijo Salomón, avergonzado—. ¿Quieres que le traiga el árbol genealógico de la familia Escalante a tu Meli para que lo vea?
Salomón estaba abochornado. Podía regalarle su fortuna a quien quisiera, pero ¿tenía que airear su vida privada?
—¡Claro! Y de paso, agregamos el nombre de Meli al registro familiar.
Salomón no sabía dónde meterse. La forma en que su hijo se esforzaba tanto era un poco vergonzosa.
Melibea sonrió incómoda. Este niño era un poco travieso.
—Andrés, ve a esperarme al coche. Tengo que decirle unas palabras.
—Entendido, papi quiere un momento a solas. Bueno, te cedo la oportunidad. ¡Échale ganas, papi, y haz que esa mujer hermosa convierta a ese patán en su exmarido!

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