—Y ustedes, ¿qué? —dijo Melibea con una mirada gélida—. ¿Con qué derecho se creen que pueden humillarme y hacer conmigo lo que se les da la gana?
Brando se quedó helado. Miró a Melibea y vio que sus ojos estaban llenos de dolor e indignación.
De repente, Claudia agarró a Brando por la manga.
—Brando, no culpes a Melibea. Todo es mi culpa. Ahora solo quiero rogarle que me perdone. Solo si ella me perdona, tendremos un futuro. El Grupo Calderón y el Grupo Ortega tendrán un futuro. Por nuestro futuro, estoy dispuesta a golpearme la cabeza contra el suelo hasta rompérmela si es necesario.
Claudia lucía lastimera. En ese momento, Salomón dijo con frialdad:
—¿Ya terminaste de golpearte? Si ya acabaste, levántate y dime si este collar es el que perdiste.
Claudia, que seguía golpeando su frente contra el suelo, se quedó paralizada al oír la voz de Salomón.
«¿Qué intenta decir con esto?».
Temblando, Claudia levantó la cabeza. Vio que Salomón le mostraba una foto en su teléfono. En la imagen aparecía un collar, el mismo que le había regalado Aurelio, su difunto exmarido.
«¿Cómo es que Salomón tiene una foto de ese collar?».
—Señor Escalante... —dijo Claudia con voz temblorosa—, me he mareado un poco de tanto golpearme la cabeza. Muchos collares se parecen, y con solo una foto es difícil estar segura.
En realidad, Claudia lo veía con total claridad. Era, sin duda, el collar valorado en millones. Pero quien se lo enseñaba era Salomón, y ella no era tonta como para admitirlo tan a la ligera.
Salomón sonrió con desdén.
—¿Te crees muy lista, verdad? ¿Piensas que tus palabras son perfectas?
Claudia se apresuró a explicarse.


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