Al salir de la comisaría, Melibea no apartaba la vista de Salomón; ni siquiera se atrevía a parpadear.
Meli nunca lo había mirado de esa manera.
Salomón, un poco cohibido, preguntó:
—Meli, ¿por qué me miras así?
La voz de Salomón ahora era suave, ¡como si fuera una persona completamente distinta al hombre de hace un momento!
Melibea lo miró fijamente y le preguntó:
—¿Tienes algún tipo de sistema?
—¿Un sistema?
—Algo que te permita escuchar los pensamientos de la gente, o ver su pasado, o la habilidad de predecir el futuro.
Aunque a Melibea le parecía absurdo lo que decía, lo preguntaba con total seriedad. ¡La actuación de Salomón la había dejado asombrada, como si no fuera de este mundo!
Sí, eso era. Sentía que él no era humano.
Estaba completamente maravillada por Salomón.
¿Cómo pudo desenmascarar las mentiras de otros en tan poco tiempo y, además, encontrar testigos y pruebas?
Parecía que cada movimiento había sido calculado para dar justo en el blanco. Una persona así, o podía leer mentes o tenía algún tipo de visión sobrenatural.
Definitivamente no era un hombre, ¡era un dios!
Salomón esbozó una ligera sonrisa.
—Siempre has sido tan seria, no esperaba que también bromearas.
Ante Salomón, Melibea siempre se había comportado de manera correcta, seria y tranquila.
Pero en ese momento, no podía contener la admiración que sentía por él.
No era solo porque Salomón había metido a Claudia en la cárcel, sino por su increíble habilidad, que la había dejado atónita.
Cuando Brando encontró a Faviola para probar que Ofelia había robado el collar, ella pensó que Ofelia perdería toda credibilidad para acusar a Claudia. Brando se había esforzado mucho para salvar a su prometida.
Pensó que Claudia se saldría con la suya, y eso la llenó de frustración.
¿Cómo lo supo? Y no solo eso, sino que además tenía testigos y pruebas.
Incluso cuando Brando intentó presentar un falso testimonio, él se mantuvo sereno y, con una sola jugada, le dio la vuelta a la situación, dejándolos sin posibilidad de defensa.
Melibea ardía en deseos de saber el porqué. Se inclinó para escuchar con atención, y lo que Salomón le dijo la tomó por sorpresa.
—Porque no perdonaré a nadie que te haga daño.
Las palabras de Salomón la estremecieron.
«No perdonará a nadie que me haga daño».
—Aunque tenga que remover cielo y tierra, haré que todos los que te han lastimado paguen por lo que hicieron.
De repente, Melibea sintió una calidez que se extendía desde su pecho hasta cada rincón de su cuerpo, como una primavera que renace después de un largo invierno.
Melibea retrocedió bruscamente. No quería que Salomón viera la tormenta de emociones en su interior.
No quería que descubriera su turbación ni lo conmovida que estaba.

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