A Petrona le temblaban las manos de la rabia. Blanca se interpuso, furiosa.
—¡Mide tus palabras, mocoso! ¿Quién te crees que eres para hablarle así a la señora de esta casa? De una boca como la tuya no puede salir nada bueno. ¡Cuidado, o te arranco esos dientes de perro!
Blanca no soportaba ver sufrir a su suegra. ¿Cómo se atrevía un jovencito impertinente a ofenderla?
—Vaya, ¿no se supone que los reencuentros familiares son entre lágrimas? —dijo Lázaro, fingiendo miedo—. ¿Por qué son tan hostiles? Después de todo, yo también llevo la sangre de los Escalante.
—¡Descarado! ¡Lárgate de aquí!
Petrona le ordenó que se fuera, pero Lázaro, lejos de enojarse, sonrió con aire de suficiencia.
—Abuela, ¿no sientes ni un poco de curiosidad por el hecho de que mi abuelo no está muerto?
—Puede que sea vieja, pero no he perdido el juicio. ¿Crees que no sé si mi propio esposo está muerto o no? ¡No necesito que un impostor como tú venga a sembrar la confusión! ¡Lárgate!
Petrona intentó expulsarlo de nuevo. Quería saber la verdad, ¡pero no allí!
—Señora —intervino García—, creo que no debería echarlo. De los antiguos empleados del Grupo Escalante quedamos pocos, pero todavía recordamos con afecto al joven amo. Como su esposa, ¿no debería interesarle saber qué fue de él?
Así que esa era la razón por la que esos vejestorios, que llevaban años sin aparecer, estaban hoy en la junta. Venían preparados.
La mirada de Salomón se ensombreció.
—¿El joven amo está vivo de verdad?
—Han pasado cincuenta años, ¿podremos volver a verlo?


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