—¡Mi hijo no despertará! —exclamó Ximena con el rostro bañado en lágrimas—. ¡Los médicos dijeron que no despertará, que pasará el resto de su vida así, postrado en una cama, en estado vegetativo para siempre!
»Y si está así, ¡es por culpa de Claudia! No sé qué hice para merecer esto, para dar a luz a una víbora así. ¡Lastimó a su propio hermano! ¡No solo merece la pena de muerte, incluso si la descuartizaran, se lo tendría bien merecido!
El dolor de Lando y Ximena era inmenso. Al principio, cuando se enteraron, se sintieron muy divididos, pero tras dos días de procesar sus emociones, habían tomado una decisión: se desharían de esa malnacida. ¡Incluso la pena de muerte era lo que merecía!
¡No volverían a intervenir!
Renata comprendió que Lando y Ximena no moverían un dedo para salvar a Claudia. Se sintió desolada, pero se negó a rendirse.
El Grupo Ortega había quebrado, y esta era su única oportunidad para resurgir.
—Vete de una vez. No queremos volver a verte.
Lando y Ximena empujaban a Renata para que se fuera, pero ella se aferraba obstinadamente. De repente, se le ocurrió una idea.
—¡Conozco a alguien que puede salvar a su hijo! —dijo apresuradamente.
—¿Qué dices? —preguntó Lando, deteniéndose en seco—. ¿Quién puede salvar a mi hijo? He buscado a los mejores médicos del mundo y ninguno ha podido despertarlo. ¿Quién podría hacerlo?
—¡Melibea! —dijo Renata con urgencia—. ¡Melibea puede despertar a tu hijo, estoy segura!
—¿Quién has dicho? ¿Melibea? —replicó Ximena con incredulidad—. ¿Esa Melibea a la que echaste de tu casa, la exesposa de tu hijo, esa Melibea?

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