Una sola frase de Melibea bastó para hacer estallar el lugar.
Los reporteros, que ya se disponían a guardar su equipo, de pronto parecieron recibir una inyección de adrenalina.
—Señora Ortega, ¿a qué se refiere? ¿Está diciendo que el hombre del escándalo del auto es realmente el señor Ortega?
—Señora Ortega, si dice que el señor Ortega no recurriría a la prostitución, ¿quién es la mujer con la que estaba? ¿Es alguien que usted conoce?
Brando y Claudia se quedaron de piedra. Jamás imaginaron que Melibea diría algo así.
Brando, con el rostro endurecido, la tomó de la muñeca y le espetó:
—Melibea, solo porque mi cuñada te robó el protagonismo hace un momento, ¿tienes que armar este escándalo? ¿Por qué insistes en competir con ella?
Melibea lo miró, pensando en lo ridículo que sonaba. ¡A estas alturas, ese imbécil todavía creía que esto era una simple rivalidad femenina!
Se soltó de su agarre con un movimiento brusco y lo fulminó con la mirada.
—¡¿Que si estoy compitiendo con ella?! ¿O eres tú el que se está... acostando con ella?
Los ojos de Melibea se oscurecieron, fijos en Brando. Había soportado esto por demasiado tiempo.
Ahora que ya no le importaba retener a su malagradecido hijo, no tenía necesidad de planear una huida secreta al extranjero.
¡Finalmente, ya no tenía que tolerar la hipocresía de ambos!
Las palabras de Melibea congelaron la ira de Brando, dejándolo momentáneamente descolocado.
Al mismo tiempo, su declaración dejó atónitos a todos los presentes. Los reporteros tenían expresiones de incredulidad total, como si la noticia fuera demasiado para procesar.
¡La revelación era explosiva!
¿Acostándose… con Claudia?
Entonces, el hombre en el auto era realmente Brando, pero no estaba con una prostituta, sino que tenía una aventura… ¡con su propia cuñada, Claudia!
¡Era demasiado escandaloso!
Claudia, roja de ira y humillación, señaló a Melibea.
—Melibea, ¿qué estupideces estás diciendo frente a tantos reporteros? ¿Acaso quieres destruir al Grupo Ortega a propósito? ¡Maldita seas!
Dicho esto, Claudia levantó la mano para abofetear a Melibea.
El personal técnico intentó apagar la reproducción, pero la computadora había sido hackeada y no respondía.
En ese momento, una mujer bajó del auto en el video.
También tenía la ropa desarreglada y el cabello alborotado.
—¡Miren! ¿Quién es esa mujer?
Todos los reporteros estiraron el cuello, tratando de verle el rostro.
—¡Inútiles! —gritó Claudia, desesperada—. ¡Apaguen el video de una vez!
—¡No… no se puede! —respondió un técnico, angustiado.
Entonces, Brando tomó una silla y la arrojó directamente contra la pantalla.
El estruendo del monitor al romperse sobresaltó a los reporteros, quienes también sintieron una punzada de decepción.
Solo un poco más y habrían podido ver con claridad el rostro de la mujer.
Habrían sabido si era Claudia o no, ¡pero la pantalla estaba destrozada!

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