—Entre nosotros no hacen falta tantas formalidades —dijo Salomón con una sonrisa radiante—. ¿Quieres que ponga a más gente para que te ayude?
—Exacto —respondió Melibea—. Después de todo, si Ismael despierta, el culpable no tendrá dónde esconderse. Quién sabe qué locura podría cometer al verse acorralado.
—¡Ya entiendo, para rematarlo! —exclamó Blanca.
El rostro de Claudia se ensombreció.
—No hay problema —aseguró Salomón—. Enviaré a un par de hombres de confianza, gente astuta, para que vigilen la puerta. Nadie podrá hacerle daño a Ismael.
Claudia se quedó sin palabras. No podía permitir que su hermano despertara, tenía que actuar. Pero si Salomón ponía guardias, sus posibilidades de éxito serían aún menores.
Al ver la mala cara de Claudia, Blanca se sintió aún más satisfecha.
La miró y le dijo:
—¿Estás muy preocupada ahora, verdad? Pensando en cómo silenciarlo para siempre. Pero no te preocupes, no tendrás la oportunidad. Confío plenamente en cómo mi hijo hace las cosas.
Lando y Ximena vieron el rostro sombrío de Claudia, quien, nerviosa, se apresuró a decir:
—Señora Escalante, ¿qué está diciendo? ¿Cómo podría yo hacerle daño a mi hermano? Es un malentendido. Sé que tuve problemas con Melibea en el pasado, y por eso siempre piensan lo peor de mí, pero no importa. Cuando mi hermano despierte, todos los malentendidos se aclararán.
Blanca soltó una risa fría. ¡Aquello era ridículo!
—Le fallé a Melibea y le pido disculpas de todo corazón —continuó Claudia—. Hice muchas cosas malas en el pasado, fui arrogante y déspota. Todo fue culpa mía, y me disculpo sinceramente con ella.
Claudia estaba furiosa por dentro. Si no fuera para que bajaran la guardia, jamás se habría humillado así ante Melibea.

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