Brando salió corriendo tras Renata. Antes de irse, miró a Melibea. ¡Jamás habría imaginado que la fortuna del Grupo Calderón terminaría algún día en manos de ella!
¡Qué ironía! ¡Era para morirse de la risa!
Al ver que su abuela y su papá se habían ido, Renán corrió tras ellos.
—¡Abuela, papi, espérenme!
Blanca los vio marcharse a todos y comentó con una sonrisa:
—Me imagino que ni el más viejo ni el más joven de la familia Ortega pensaron que la fortuna del Grupo Calderón terminaría en tus manos. ¡Deben estar todos destrozados!
Melibea sabía que el trato diferente que Renata le daba era porque Claudia era la señorita Calderón. ¡Lo que ella quería era el dinero de la familia Calderón!
«En este momento, debe sentirse fatal», pensó Melibea.
Y era justo que se sintiera así. ¡Todos ellos debían sufrir tanto como ella!
—Me parece muy bien.
Melibea se giró para mirar a Ismael, que yacía en la cama del hospital. En cuanto él despertara, todo habría terminado.
Claudia recibiría el castigo que merecía.
—Le salvaste la vida —dijo Salomón, mirando a Melibea.
—Todavía no ha despertado —replicó ella—. ¿Cómo sabes que le salvé la vida?
—Porque confío en tus habilidades como médico —afirmó Salomón con convicción.
—¿Confías en mí, aunque no logré que volvieras a caminar? —preguntó Melibea, un poco incómoda.
La expresión en el rostro de Salomón se tornó visiblemente más incómoda que la de ella.
—Yo… simplemente confío en ti. Incondicionalmente.
Blanca, que observaba desde un lado, encontró la escena de lo más interesante.
«¿Mi hijo también puede poner esa cara de vergüenza?», se preguntó.
—No sabía que el señor Escalante era tan bueno dando apoyo emocional —dijo Melibea con una sonrisa.
—¡Pero ese apoyo emocional te lo reserva solo a ti! —exclamó Blanca.
Blanca rio por lo bajo, y Salomón, apurado, cambió de tema.

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