Justo cuando Blanca planeaba salir sigilosamente para dejar a Melibea y a Salomón a solas, ya que su hijo por fin había espabilado y ella no quería ser inoportuna y estorbar, escuchó un alboroto fuera de la puerta.
—¡Mocosa muda! ¿Acaso no tienes ojos? ¿O qué te pasa? ¡Mira cómo te me echas encima, estás loca o qué!
«¿Mocosa muda?».
En ese instante, los tres dentro de la habitación sintieron un nudo en el estómago. Estaban hablando de Selena.
Melibea abrió la puerta de inmediato y salió.
Andrés protegía a Selena mientras le decía con terquedad a Lázaro: —Estaba jugando con mi hermana y no vimos que venías. Te pido disculpas en su nombre, pero tú también tienes que disculparte con ella. ¿Por qué la llamas mocosa muda?
A pesar de ser pequeño, Andrés tenía una presencia imponente, sobre todo cuando se trataba de su hermana. ¡No iba a ceder ni un centímetro!
Lázaro miró a Andrés con desdén y dijo: —Vaya, qué buen hermano mayor eres, siempre protegiendo a tu hermanita. Pero ¿en qué me equivoqué? Es una muda. Si no, haz que diga algo, a ver si puede. Si habla, me disculparé.
La carita de Selena se puso roja de la rabia, y apretaba sus pequeños puños con fuerza.
—¡Maldito mocoso, si no entiendes por las buenas, entonces será por las malas!
Andrés se lanzó contra Lázaro con una patada voladora.
Lázaro no esperaba que Andrés lo atacara de repente y no pudo esquivarlo a tiempo. La patada le dio de lleno en el pecho y lo derribó.
Lázaro se quedó atónito. Era solo un niño, ¿cómo podía tener tanta fuerza en la patada?
Como miembros de la familia Escalante, todos habían aprendido taekwondo, y la fuerza de ese niño no era normal.
—¡Mocoso insolente! ¿Te atreves a ponerme una mano encima? ¡Ya verás cómo te arreglo!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor!