¡Nadie podía obligarlo!
—Melibea, ¡soy yo el que te deja a ti, no tienes derecho a pedirme el divorcio!
Brando la miró con furia. ¡Él nunca se divorciaría de ella!
—¿Que no tengo derecho? Brando, el que se equivocó fuiste tú.
—¿Y qué si me equivoqué? No me divorciaré, ¿qué vas a hacer al respecto?
La mirada de Brando ardía. Ella venía de un entorno humilde. Si él se negaba a divorciarse, ¿qué podría hacer ella en su contra?
En ese momento, una voz grave y autoritaria resonó en la sala.
—Brando, ¡me temo que negarte a firmar el divorcio ya no depende de ti!
Un anciano de imponente presencia entró en el lugar. Sus ojos brillaban como estrellas frías y sus cejas parecían pintadas con tinta. Tenía un porte majestuoso, emanando un aura de poder que podría intimidar a un ejército.
Detrás de él, un séquito de guardaespaldas vestidos de negro completaba una escena tan intimidante que cualquiera se apartaría a su paso.
—¿Quién es ese hombre? Parece ser de la familia de Melibea, vino a defenderla. ¿Será su abuelo?
—He oído que el padre de Melibea es un ludópata. ¿Cómo podría tener un abuelo tan imponente?
—Ustedes dos son nuevos, ¿verdad? ¡¿Ni siquiera reconocen a Evaristo, el patriarca de la familia Castillo, una de las cuatro grandes familias?!
Evaristo se acercó a Melibea y la protegió con un gesto paternal.
—Meli, no temas si los perros te ladran. ¡El abuelo está aquí!
¿Qué? ¿Melibea y Evaristo se conocían?
Brando y Claudia estaban atónitos.
Melibea, que nunca había sentido el calor de un hogar, sintió un profundo consuelo al oír esas palabras. «El abuelo está aquí». Qué bien se sentía tener a alguien de su lado.
—¿Abuelo? Evaristo se autodenominó el abuelo de Melibea.
—Brando, respóndeme. ¿Fuiste tú quien la lastimó?
—Don Evaristo —respondió Brando con el rostro sombrío—, ¿cómo podría yo ponerle una mano encima a Melibea? Es mi esposa.
Evaristo soltó una risa fría.
—Ah, ¿ahora sí recuerdas que es tu esposa? ¿Pensaste en eso mientras te revolcabas con otra mujer en un auto?
El rostro de Brando se ensombreció aún más. Claudia intentó intervenir:
—Don Evaristo, este es un asunto familiar, es complicado. Se lo explicaremos con más calma.
—Señorita Calderón —dijo Evaristo con impaciencia—, todo el país creía que usted había guardado luto por el joven Aurelio durante cinco años. Casi le ponen un monumento a la castidad. Gracias a eso, los productos del Grupo Calderón y del Grupo Ortega se vendieron como pan caliente. Usted se llenó de fama y dinero, ¿y resulta que se anda revolcando con su cuñado en un auto? ¿Tan bajo han caído los valores de la familia Calderón?
Claudia se sintió humillada, pero no pudo replicar. Cada palabra era un golpe certero.
—Te lo advierto —dijo Evaristo, furioso—, si te atreviste a tocarla, hoy mismo me encargaré de que el Grupo Ortega y tú lo lamenten.

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