Cecilia no tenía ni idea de que sus queridas compañeras estaban inventándole chismes.
De haberlo sabido, seguro les habría mandado un citatorio legal solo para darles el susto de sus vidas.
Últimamente, cuando Elías estaba en clase, notaba que todos lo miraban con una mezcla de pena y compasión.
No entendía qué pasaba hasta que uno de sus compañeros de cuarto le dijo que todo el mundo pensaba que era el típico tonto enamorado.
—Carnal, si de verdad te gusta Cecilia, mejor decláratele ya para que tome una decisión. No dejes que te traiga de su menso mientras se va a pasear con su novio —le soltó su compañero, que ya no aguantaba verlo así.
Le daba la impresión de que Elías, al pasar todo el día pegado a Cecilia, solo estaba siendo utilizado.
—¿Y por qué diablos me le voy a declarar a Cecilia? —Elías se quedó helado.
¿En qué momento había dicho que le gustaba?
¡Qué manera de inventar estupideces!
—¡No mames! ¿A poco te gusta y no le dices nada solo para ser el segundo plato?
¡Con tanto espíritu de sacrificio, mejor que se metiera al ejército!
—¿De qué hablas? —Elías estaba cada vez más confundido—. ¿Quién chingados les dijo que me gustaba Cecilia?
—Ah, ¿no te gusta? ¿Entonces por qué andas tras de ella todo el día? —Su compañero frunció los labios—. Todos en el salón dicen lo mismo.
—Ando tras de ella porque quiero analizarla. Quiero saber qué tiene de especial para haber aprendido tanta medicina siendo menor de veinte años.
Además, Cecilia no solo dominaba la medicina tradicional; sus bases en la medicina convencional eran increíblemente sólidas.
Aunque esto se debía en gran parte a que estuvo expuesta a una educación médica integral desde niña, cualquier otro mocoso se habría vuelto loco intentando aprender todo eso.
Elías simplemente quería descubrir qué diferenciaba a un genio de una persona común y corriente.
Desde pequeño siempre había sido "el ejemplo a seguir", el típico niño perfecto con el que los adultos comparaban a los demás.
Pero un día, su papá llegó a casa deshaciéndose en halagos por otra persona.
Su padre había alabado a una jovencita como si fuera única en el mundo, y eso, naturalmente, despertó la curiosidad de Elías y un profundo instinto competitivo.
Si hubieran estado en distintas escuelas o grupos, no habría importado tanto.


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