—Creo que Sabrina conoce mejor la cafetería que yo. Soy de primer ingreso, todavía no pruebo todo.
Cecilia no quería cargar con la molestia que representaba Julia.
Se había dado cuenta de que a Julia no le giraba muy bien la ardilla y no tenía filtro al hablar.
Esa brutal franqueza iba a terminar matando a Sabrina de un coraje.
Y como Sabrina se veía que era de las que guardaban rencor por todo, seguramente ya la había puesto en su lista negra.
Con lo envidiosa que era, capaz y le ponía el pie más adelante.
—La verdad casi no como aquí, pero sí, llevo más de dos años en la escuela, así que conozco la comida mejor que Cecilia.
Sabrina se encargó de recalcar que comer en la cafetería no era lo suyo.
Siendo una chica de buena familia, obvio no se la iba a pasar comiendo comida de escuela.
Acostumbraba a salir a comer, y ya había probado cualquier restaurante medianamente decente de los alrededores.
Por supuesto, nunca pisaba fondas ni puestitos de la calle.
Le daban asco, se le hacían cero higiénicos.
Y si la invitaban a comer, nadie se atrevería a llevarla a un lugar así.
Con ese porte de niña rica que se cargaba, meterla a un local de mala muerte sería una falta de respeto.
—No te apures, vayan tú y Wendy. Yo me quedo con Ceci —soltó Julia, bateando a Sabrina por segunda vez.
Simplemente se le había metido en la cabeza comer con Cecilia.
Wendy ya estaba hasta la madre de esperar.
—Sabrina, si no quiere, ¡vámonos nosotras!
Wendy no hablaba tan bien español.
Y a diferencia de Julia, que era tonta pero amigable, ella era una alzada de lo peor.
Por mucho que hubiera venido a estudiar al país, había ciertas actitudes clasistas que traía muy arraigadas.
Si no fuera por las estupideces románticas de Julia, jamás habría pisado ese lugar.
Si ella no hubiera estado ahí cuidando de la tarada de Julia desde niñas, a saber si la otra seguiría viva.

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