A Wendy se le hizo que Julia era una imbécil y prefirió ahorrarse las palabras.
—Yo ya me voy a pedir, ¿vienes, Sabrina?
Obviamente Sabrina no le iba a decir que no.
Desde la dirección le habían encargado que tratara a Wendy como reina.
Su familia se forraba de dinero vendiendo equipo médico en el extranjero, y si la trataban bien, hasta podrían conseguir donaciones de aparatos de última tecnología para la facultad.
Era mil veces mejor lamerle las botas a Wendy que seguir perdiendo el tiempo discutiendo con Cecilia y Julia.
—Vamos, Wendy, yo invito.
Sabrina y Wendy se largaron, dejándole por fin paz y tranquilidad a los oídos de Cecilia, mientras Julia soltaba un suspiro de alivio.
Ella no era tan tonta como aparentaba; se había deshecho de Sabrina a propósito para poder sacarle a Cecilia toda la información sobre el abuelo de la chica y ver si de verdad era tan bueno para curarle el corazón.
—¿No vas a pedir nada?
Al verla ahí nomás sentada sin hacer nada, Cecilia no supo qué decirle.
—¡Sí! ¡Espérame tantito!
Llevaba más de un mes en la Universidad de Viento Claro, así que Julia ya se sabía mover en la cafetería sin problema.
Regresó rapidísimo con una charola idéntica a la de Cecilia y se sentó enfrente de ella.
Cecilia prefirió reservarse sus comentarios.
—Habla ya, ¿qué quieres saber? —la apuró Cecilia, que ya iba a la mitad de su comida.
—¿El abuelo de esa tal Sabrina me puede curar?
Era justo lo que Cecilia imaginaba.
No había otra razón para que Julia le anduviera de arrastrada a Sabrina.
Eran como el agua y el aceite, era imposible que se hubieran hecho amigas de la nada.
Lo que sí es que Cecilia ni en cuenta de quién era el mentado abuelo de Sabrina.
—¿Quién es su abuelo?
La verdad es que no sabía absolutamente nada de Sabrina.
Solo le había llegado el chisme de que su papá era el subdirector.
Así que Sabrina era básicamente la princesita intocable de la facultad.
Y todo mundo andaba detrás de ella de lambiscón.
Para colmo, Sabrina sí era lista. Personas como ella ya tenían la vida resuelta desde el día en que nacieron.
—Su abuelo es Teodoro Hernández.
A Julia le empezó a dar desconfianza; si Cecilia ni lo ubicaba, ¿seguro que el don sí la podía curar?

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