El hospital de la familia Hernández siempre estaba en la búsqueda de talentos así de excepcionales.
Si lograba convencerla de trabajar con ellos una vez que se graduara, sería perfecto.
A un genio siempre valía la pena tenerlo de tu lado.
—Si no vienes a mi fiesta... ¿no será que te equivocaste de lugar?
Sabrina quería retenerla al principio, pero en cuanto se fijó en el rostro tan deslumbrante de Cecilia, de pronto cambió de opinión.
Cecilia era preciosa, de manera abrumadora.
Su sola presencia en el vestíbulo robaba las miradas. Si la dejaba entrar al salón con ella, no había duda de que le robaría todo el protagonismo.
Hoy cumplía veinte años, un día sumamente importante para ella, y por nada del mundo iba a permitir que algo así sucediera.
—Así es, me equivoqué de salón.
Cecilia lo reconoció sin ningún problema.
El arrastrado de Jorge, en ese momento, volvió a la carga, sintiéndose muy envalentonado.
Dejó salir un resoplido de burla:
—¿Cómo que de salón? Más bien te equivocaste de lugar completo.
—Recuerdo que justo en la otra cuadra está Villa Costa Azul, que es baratísimo. Ahí sí puede entrar cualquier persona a pasar el rato.
—A lo mejor los que andas buscando andan metidos allá, Cecilia.
A Cecilia le caía bastante mal ese barbero.
Parecía que la boca solo le servía para escupir veneno.
—No te preocupes por si me equivoqué o no, no es tu problema.
Volteó a ver al mesero del lugar:
—Joven, ¿podría llevarme al Salón Lucero en el quinto piso, por favor?
El quinto piso era la planta más alta del edificio. Contaba con una terraza jardín acristalada desde donde se podía ver el cielo nocturno con solo alzar la mirada.
Por eso precisamente lo habían nombrado Salón Lucero.
Claro que, en cuanto a precios, alquilar el Salón Lucero estaba a otro nivel, muy por encima de lo que había gastado la familia Hernández en su modesto salón.
Aunque Jorge nunca había puesto un pie ahí, al menos estaba informado del nivel de lujo del lugar.
Le parecía totalmente inconcebible que alguien como Cecilia tuviera los medios para llegar al Salón Lucero.
—Hay quienes nada más hablan por hablar para no quedar mal. Ni creas que una persona cualquiera puede nomás pasearse por el Salón Lucero como si nada...
Jorge no pudo ni terminar su frase cuando alguien, a lo lejos, pronunció el nombre de la joven.
La voz se le hizo conocida a Cecilia, y al voltear se topó con Agustín.
La simple presencia de Agustín atrapó por completo las miradas de todos los presentes.

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