—Si de verdad estás arrepentido, ¿por qué no quieres que tu disculpa se reproduzca estos días? —le cuestionó Cecilia.
—Jorge, decidí perdonarte por inventar chismes y ensuciar mi nombre porque pensé que eras sincero.
—Pero si no tienes ni una gota de sinceridad, voy a empezar a creer que solo te disculpaste por pura presión.
Después de esa arrinconada, ¿acaso tenía otra opción más que agachar la cabeza?
Tal como se esperaba, antes de que Jorge pudiera chistar, la profesora Merino intervino para darle la razón a la chica.
—No te preocupes, Cecilia. Puedes reproducir esa grabación el tiempo que quieras. ¡Y si quieres dejarla toda la semana, por mí no hay bronca, adelante!
Dicho esto, la profesora Merino miró a Jorge fijamente:
—Y tú, chamaco, deja de poner pretextos. Ya que abriste la boca para disculparte, asegúrate de que ella quede satisfecha.
—Pero... —murmuró Jorge, pensando: «Oiga, profe, ¿y mi dignidad qué?».
—Tampoco te me hagas la víctima, que no eres ninguna estrella de cine. Reconocer tus errores es lo menos que puedes hacer.
Varios del comité estudiantil que observaban el drama comenzaron a murmurar:
—Menos mal que nunca nos metimos con Cecilia.
—No manches, sí. Con lo vengativa que es, si te metes con ella, te destruye la vida.
—Tres días seguidos con el megáfono... ¡Es como si lo obligaran a correr encuerado por todo el campus!
—Con ese geniecito, si la hubiéramos hecho enojar, estaríamos igual de fritos que Jorge.
—La morra es de armas tomar, pero la neta Jorge se lo buscó.
—Pues claro, si no la provocas, ella no tiene por qué joderte.
—Oigan, ¿no sabían? Me enteré de que en la semana de inducción, Cecilia salió de emergencias para salvarle la vida a un wey.
Uno de los alumnos, que siempre estaba bien enterado de los chismes, había escuchado sobre la cirugía que Cecilia había hecho.
—Sí, el de nuevo ingreso al que le tuvieron que extirpar un testículo, un tal Alan Serrano.
—¿Qué? —exclamaron varios.
Todos se quedaron con la boca abierta.
¿Tan cabrona era Cecilia?
Por un lado, les impresionaba lo buena que era para la medicina.
Antes, lo toleraban porque Sabrina tenía el respaldo del subdirector y su abuelo era un médico famosísimo, así que le daban por su lado.
Pero si le quitaban todo ese drama familiar, Sabrina no era más que una cara bonita.
No todos los hombres tenían por qué estar a sus pies.
Además, por algo todos habían logrado entrar a la Universidad de Viento Claro; pendejos no eran.
Partirse el lomo estudiando y forjar su propio futuro era mil veces mejor que andar de rogones.
Solo los aprovechados como Jorge creían que podían ganar algo arrastrándose por Sabrina.
Bueno, si de verdad le gustaba por estar guapa, era entendible.
Pero era obvio que él le valía madre; lo traía como a cualquier otro tonto en su lista de espera.
Y ahí seguía Jorge, de necio.
Entre los que se burlaban de él, había uno que en el pasado llegó a ser su amigo.
Una vez intentó abrirle los ojos, pero Jorge le contestó a la defensiva.
Hasta le echó en cara que seguro estaba celoso de su supuesta amistad con Sabrina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana