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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1107

Al instante siguiente, Cecilia soltó la bomba.

—Si le cuesta tanto trabajo y lo va a hacer de mala gana, mejor llamo a la policía para que ellos arreglen esto...

En cuanto mencionó a la policía, Lea supo perfectamente que era una amenaza directa.

Pero, ¿qué podía hacer ella?

A fin de cuentas, el que había metido la pata era su alumno.

Lea fulminó a Jorge con la mirada, frustrada por su estupidez.

—¿Te vas a disculpar como es debido o no? —le soltó.

—¿O prefieres ir a dar una vuelta a la comandancia?

Lea ya había investigado un poco sobre esta nueva alumna.

Su carácter no era tan dulce como su cara.

Sabía de buena fuente que en la preparatoria, Cecilia había metido a la cárcel a uno de sus compañeros.

Todo por andarle inventando chismes.

Y los abogados que contrató en ese entonces no se andaban con juegos.

Temía seriamente que su alumno terminara igual.

Además, ella no estaba dispuesta a pasar por esa vergüenza.

—¡Profesora, ahorita mismo voy a conseguir un megáfono! —dijo Jorge.

Jorge no quiso admitir si realmente se le había olvidado o si solo se estaba haciendo menso para evitarlo.

Ahora que lo obligaban a disculparse a gritos, era evidente el coraje que se cargaba.

—Aquí traje un megáfono —dijo Mireya, sacándolo de la nada.

Con un movimiento ágil, se lo mostró a todos.

Jorge no la conocía; solo sabía que era compañera de cuarto de Cecilia.

Cecilia también miró a Mireya, recordando que se había desviado en el camino diciendo que tenía algo pendiente.

¿Quién iba a pensar que había ido a conseguir esa cosa?

¿Acaso no le daba miedo que Jorge quisiera vengarse después?

Después de todo, ambos pertenecían a la misma facultad.

Mireya le guiñó un ojo a Cecilia y explicó:

—Los del comité estudiantil notaron que Jorge no pidió el megáfono. Como pensaron que se le había olvidado, me pidieron el favor de traerlo.

En el comité también había quienes no tragaban a Jorge, así que, conociendo sus mañas, no dudaron en mandar el aparato.

Jorge, por supuesto, clavó su mirada en Mireya, guardándole rencor.

Con su voz de por sí fuerte, amplificada por el megáfono, aquello parecía anuncio de feria, casi gritando: «¡Pásele, pásele, no se lo pierda!».

La cafetería estaba a reventar y todos escucharon su confesión.

Cecilia incluso lo obligó a decir su nombre, grupo y facultad, lo cual fue como una verdadera ejecución pública.

Todos los que pasaban por ahí se quedaban parados, viendo el espectáculo.

Para rematar, Cecilia grabó la disculpa con la intención de dejarla sonando en la cafetería durante tres días seguidos.

—¡Tú no habías dicho nada de esto! —le reclamó Jorge.

Tenía los ojos inyectados de sangre por el coraje.

—Ah, ¿no te dije? —Cecilia parpadeó inocentemente—. Jorge, no seas dramático. Ni que te estuviera obligando a venir a gritar por tres días seguidos, no hay por qué hacer tanto berrinche.

—¿O acaso no estás realmente arrepentido y solo lo hiciste para salir del paso?

Con esa lógica, ¿cómo demonios se iba a defender Jorge?

—¡Claro que no! —soltó.

Apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Apenas se estaba dando cuenta de lo vengativa que podía ser esa chava.

¡Nadie en su sano juicio aceptaría una humillación así!

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