Mael destapó el recipiente y el aroma del estofado de cerdo al instante les hizo agua la boca a todos.
—¡No manches, huele buenísimo!
El compañero de cuarto de Mael estaba impactado.
—Esa Cecilia se lució. Este estofado de cerdo parece sacado de un restaurante de cinco estrellas, ¿verdad?
—¡Rápido, abre los otros para ver qué traen!
Los demás comenzaron a presionar a Mael.
Mael también tragó saliva y abrió los otros recipientes.
¡Puros platillos de lujo!
—Carnal, no creo que te puedas acabar todo eso tú solo, ¿o sí?
—¡Claro que me lo acabo! —Al ver que sus amigos estaban a punto de abalanzarse sobre la comida, Mael se alteró por completo.
Prácticamente se tiró encima de la mesa, pero por desgracia, no pudo proteger su comida de los manotazos de sus amigos.
—¿Cómo te lo vas a acabar? Las cosas buenas se comparten.
—¿Acaso ya no hay lealtad entre carnales?
—¡Exacto! Ya lo habíamos dicho antes: todo se comparte menos la novia.
—Mael, ¿somos buenos amigos o no? Solo te voy a robar un pedazo de carne, ¡tampoco es para tanto!
Sus compañeros lo atacaron por todos los frentes. ¿Cómo iba a resistir Mael?
Al final, hasta la salsa del estofado desapareció; sus amigos la limpiaron con pedazos de bolillo.
Mael tenía muchas ganas de preguntar quién rayos guardaba bolillos a esas horas de la noche.
Le dejaron los recipientes tan limpios que ni siquiera iba a tener que lavarlos.
—Oigan, ¿qué clase de contactos tiene Cecilia? Su chef cocina riquísimo. ¿Cuánto le pagarán al mes?
Mael se limpió la boca mientras soltaba esa pregunta al aire.
—A lo mejor ni siquiera lo hizo un chef, tal vez fue la misma Cecilia.
A uno de sus compañeros se le ocurrió esa teoría.
A Mael le pareció imposible.
—Las manos de Cecilia no parecen de alguien que se meta a la cocina.
Su amigo rodó los ojos.
—Mael, ¿por qué andas espiándole las manos a Cecilia?
—Yo las vi sin esconderme de nadie —respondió Mael, despreciando la actitud morbosa de su amigo—. Hoy todos comieron de mi estofado, así que cada uno me debe una comida, ¿les quedó claro?


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