—Macarena, vengo con toda la buena intención a felicitarte, ¿y así me pagas?
Germán tenía el rostro tenso, pero seguía hablando con tono autoritario.
—¿Y cómo quieres que te pague?
—¡Lárguense los dos! ¡Hoy es mi cumpleaños y no tengo por qué aguantar sus caras!
Macarena los echó sin rodeos.
Germán jamás había tolerado que nadie lo humillara de esa forma.
Dio media vuelta y empezó a caminar hacia su auto.
Dejando a Gina sola y sin saber qué hacer.
—Maca, te lo prometo, solo venía a darte el abrazo. No tenía otra intención.
Gina levantó la bolsa de regalo que traía en las manos.
—Mira, hasta fui a la plaza con Germán a escogerte este detalle.
—Es una pulsera para la buena suerte en el amor. ¡Estoy segura de que te va a encantar!
¡Increíble! ¡Hasta con los regalos lanzaba veneno!
¿Acaso le estaba insinuando que a Macarena le iba tan mal en el amor que necesitaba magia para conseguir novio?
Cecilia miró de reojo a Macarena.
Si su amiga no le soltaba un golpe en ese mismo instante, es que se había vuelto una santa.
Y, efectivamente, a Macarena se le acabó la paciencia.
—¡A ti qué te importa mi vida amorosa!
—¡Lárgate tú también antes de que te rompa la cara!
Macarena le apuntó a Gina con el dedo.
Por supuesto que no la tocó, sabía que si le pegaba en público se metería en un problema.
Pero quién sabe cómo, de repente Gina tropezó sola y terminó tirada en el piso.
—¡Ay! —gritó la chica.
Germán, que ya se iba, volteó de inmediato al escuchar el grito y vio a Gina en el suelo.
—¡Gina! ¿Estás bien? —Germán regresó corriendo hacia ellas.
Se apresuró a ayudar a Gina a levantarse.
—¿Qué te pasa, Macarena? ¿Te volviste loca? Gina viene con la mejor intención y tú... ¡hasta la golpeas!

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