Cecilia ya llevaba un buen rato parada en la entrada, disfrutando del espectáculo.
Como vio que Mireya y Estella se sabían defender solas, no sintió prisa por intervenir.
Pero con ese último comentario, ya no se pudo aguantar.
No entendía qué derecho sentía tener un tipo tan nefasto como Germán para venir a arruinarle el cumpleaños a su ex prometida.
Qué pésima educación le habían dado en la familia Pérez.
¿Por qué el abuelo Viriato Pérez no le ponía un alto a su nieto?
En cuanto Gina vio a Cecilia, sintió ganas de gritar de la rabia.
—¿Tú qué haces aquí? —le espetó, dejando caer la máscara de amabilidad que había usado con Mireya y Estella.
Al ver a Cecilia, a Gina se le olvidaron los modales.
—¿Qué tiene de raro que esté aquí? Soy amiga de Macarena, es obvio que me iba a invitar —le respondió Cecilia—.
—La pregunta es, ¿qué haces tú aquí? ¿No se supone que le bajaste el prometido?
—¿Y todavía tienes el descaro de traerlo a la fiesta de Macarena?
—Ah, ya entendí. Ustedes no vinieron a felicitarla, vinieron a buscar pleito, ¿verdad?
Cecilia les soltó todo de corrido, sin darles un solo segundo para defenderse.
Hasta el mayordomo empezó a ver a la pareja con cara de sospecha.
Gina se apresuró a intentar arreglarlo.
—¡Claro que no! Venimos a festejar a Macarena.
—Ella y Germán rompieron su compromiso hace mucho, Germán y yo solo somos amigos.
—A Macarena no le importa en lo absoluto.
Gina detestaba a Cecilia, sobre todo desde que se enteró de que estaba con un hombre con el que ella jamás podría soñar.
La envidia que le tenía era tan grande que casi se la comía viva.
—Uy, qué bonita amistad —se burló Cecilia—.
—Pero, ¿a ustedes quién los invitó?
—¿Vienen de colados?
Gina se quedó sin palabras.
Por supuesto que sabía que Macarena no la quería ahí.
Pero, ¿cómo iba a dejar pasar una oportunidad tan perfecta para humillarla frente a todos?
—Señorita Ortiz, esto es entre Germán y yo, creo que usted no tiene por qué meterse —le dijo Gina, intentando sonar digna.
Cecilia soltó una carcajada burlona.
¿Cómo se atrevía a tratar así a Gina?
—¡Tú no sabes nada! Gina se pasó días enteros buscando un regalo para el cumpleaños de Macarena.
—¿Crees que puedes menospreciar todo su esfuerzo con tus comentarios venenosos?
—Y tú, Macarena... escúchame bien: si estoy aquí en tu fiesta, es única y exclusivamente por respeto a Gina. ¡Deberías estarle agradecida!
—¡Si no fuera por ella, jamás habría puesto un pie en este lugar!
Hasta a Cecilia le pareció el colmo del cinismo.
Y si a ella le molestó, ¡imagínense a Macarena!
Macarena corrió a Germán sin pensarlo dos veces:
—¡Váyanse a la fregada! ¡Me importa un bledo tu presencia!
—¡Lárguense de mi casa, no los quiero ver!
Germán se quedó pasmado.
En el fondo, seguía viviendo en su burbuja, jurando que Macarena seguía muerta de amor por él.
Creía que, por estar enamorada, le iba a aguantar todos sus caprichos y groserías.
Jamás le pasó por la cabeza que Macarena ya no sintiera nada por él.

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