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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1176

Aunque Cecilia sentía en el fondo que, si sus padres estuvieran a su lado, también la amarían mucho.

Ninguna de las dos podía responderle a Estella.

Tristemente, en este mundo había más de un par de padres que no querían a sus hijas.

Sin soltar el volante, Cecilia le contestó a Estella:

—Porque a los padres no se les elige, y tampoco te piden licencia para tener hijos.

—Por eso, a los padres que no sirven para serlo, tampoco hay forma de descartarlos.

—¿Tú amarás a tu hija cuando te cases?

Aunque Estella estaba ahogada en alcohol, escuchó la pregunta a la perfección:

—Daré mi vida por ella, le daré todo lo que tengo y nunca voy a tener un segundo hijo.

En realidad, tener o no otro hijo no debería afectar el amor de unos padres.

Pero darles la misma atención a ambos era muy difícil, y tener a un favorito siempre sería injusto para el otro.

Así que, para alguien con las heridas de Estella, tener solo un hijo era sin duda la mejor decisión.

Sería como criarse a sí misma de nuevo.

Cecilia estaba segura de que lo haría increíble.

El tema era demasiado pesado para una noche de fiesta, pero Estella seguía desahogándose sin parar.

Contó que había mandado dos mil pesos de sus trabajos de medio tiempo para que su mamá fuera al doctor, y resultó que la señora usó el dinero para pagarle unas clases de regularización a su hermanito.

Se había enterado porque un vecino le echó un pitazo por teléfono en secreto.

Antes, Estella intentaba no darle importancia, pero ahora sentía un coraje profundo hacia sus padres.

Siempre creyó que su mamá no le daba más porque estaba sometida en esa casa.

Pero viéndolo bien, su mamá era cómplice y permitía que su papá y su hermano la exprimieran.

Si no fuera así, ¿por qué nunca movió un dedo para defenderla?

Es más, como su madre sufrió durante años por no darle un hijo varón a su esposo, hasta le guardaba más rencor a Estella por haber nacido mujer.

Al ver todo lo que la familia González había organizado con tanto amor para el cumpleaños de Macarena, a Estella le cayó el veinte de que sus padres de verdad no la querían.

Cuando ella era niña, sus cumpleaños pasaban como un día cualquiera.

En cambio, cuando cumplía años su hermano, había regalos especiales, su platillo favorito y hasta un pastel enorme.

Estella lloraba con tanto sentimiento que les partía el corazón.

Además, les daba miedo que algún vecino las viera y pensara que la estaban secuestrando.

Ya adentro, Cecilia y Mireya le ayudaron a lavarse la cara y la acomodaron en la sala.

Estella se aferró a no dormir en una de las recámaras; a fuerzas quería hacerse una cama en el suelo de la sala.

Aunque en realidad ni armó nada.

Simplemente se tiró a dormir sobre la alfombra.

Cecilia encendió la calefacción para asegurarse de que no se enfermara si pateaba la cobija a media noche.

Después, ella y Mireya se arreglaron para dormir y se fueron a sus respectivos lugares.

Estella siguió sollozando en la madrugada, pero las dos estaban tan cansadas que cayeron como piedras y no escucharon nada.

Al despertar, Cecilia salió y se encontró con Estella limpiando el departamento, con los ojos hinchados como pelotas de golf.

Se quedó muda por un segundo sin saber qué decir.

—Estella, ¿ya descansaste? —le preguntó Cecilia, sorprendida de que tuviera tanta energía.

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