La familia Morales era una potencia en el sector farmacéutico, y Víctor sabía perfectamente quién era quién en el mundo de los negocios. El Grupo Dorado era un gigante.
—Víctor, qué casualidad —saludó Raúl en voz baja para no despertar a su sobrina.
—Gracias por cuidar a mi hermana. Me contó que su sobrina fue la que descubrió a los traficantes. Impresionante.
—Ceci tiene buenos instintos —dijo Raúl con orgullo, acomodando mejor a la chica dormida.
Yolanda se acercó de puntitas.
—Pobrecita, está agotada. —Yolanda miró a Cecilia con cariño—. Oye, Víctor, ¿no crees que deberíamos invitar a cenar a Raúl y a Cecilia un día de estos? Digo, para agradecerles.
Víctor miró a su hermana y luego a Raúl. Entendió perfectamente por dónde iba Yolanda. Su hermana no era nada sutil.
—Claro, cuando todo esto pase y estén más descansados —respondió Víctor diplomáticamente.
En ese momento, las puertas del quirófano se abrieron. El médico salió con cara de cansancio.
Cecilia se despertó al instante, como si tuviera un radar.
—¿Cómo está? —preguntó, poniéndose de pie de un salto y frotándose los ojos.
—La operación salió bien. Pudimos retirar todos los fragmentos de vidrio. Afortunadamente no hubo daño en los ojos ni en nervios importantes. Quedarán algunas cicatrices, pero con el tiempo y tratamiento se desvanecerán bastante —informó el doctor.
Cecilia soltó el aire que estaba conteniendo. —Gracias a Dios.
—Los padres están por llegar al estacionamiento —avisó un policía que se acercaba con un radio en la mano—.
Minutos después, una pareja entró corriendo en la sala de espera. Se veían desesperados, con la ropa arrugada y los ojos hinchados de llorar.
—¡Karla! ¿Dónde está mi hija? —gritó la madre.
Los policías los interceptaron para verificar su identidad y explicarles la situación.
Cuando la madre vio a su hija dormida en la camilla, se soltó a llorar de nuevo, pero esta vez de alivio. El padre abrazaba a su esposa y miraba a la niña como si fuera el tesoro más grande del mundo.
—Gracias, gracias a quien la salvó —repetía el padre.
Los policías señalaron a Cecilia.
En el coche, de camino a casa, Cecilia iba en silencio, mirando por la ventana.
—¿En qué piensas? —preguntó Raúl.
—En que a veces la sangre no es lo más importante —murmuró Cecilia—. Esos padres aman a su hija más que a nada. Y esa mujer en el accidente… fingía ser madre para usar a la niña.
Raúl la miró de reojo.
—La familia se construye, Cecilia. Tú eres mi sobrina, eres una Ortiz, y eso no va a cambiar nunca, sin importar lo que digan unos papeles o lo que haga Arturo.
Cecilia sonrió levemente. El calor que sentía en el pecho no tenía nada que ver con la calefacción del auto.
Llegaron a la Villa Ortiz en silencio. La casa estaba a oscuras, excepto por una luz en la sala. Lorena estaba esperándolos, sentada en su sillón favorito con un libro en las manos, aunque claramente no estaba leyendo.
Al ver entrar a Cecilia sana y salva, la matriarca cerró el libro y suspiró.
—Ya era hora. Vayan a dormir. —Su tono era severo, pero su mirada estaba llena de alivio.
Cecilia subió a su habitación, sabiendo que, a pesar de todo el caos, estaba en el lugar correcto.

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