—¿Ceci?
Raúl se alarmó. ¡Ese sonido no auguraba nada bueno!
—Tío, estoy bien, me encontré a un conocido en el camino.
El coche de Agustín Sandoval estaba parado a un lado de la carretera, y él miraba fijamente a Cecilia. Ella señaló su celular.
—Bueno, tío, te cuelgo. Bye.
Raúl suspiró aliviado al saber que no había pasado nada.
—Está bien, ten cuidado. La próxima vez no te vayas en moto eléctrica.
Cecilia guardó el teléfono y miró a Agustín.
—Señor Sandoval, ¿qué le pasó? ¿Por qué se quedó aquí parado?
Agustín no esperaba encontrarse con Cecilia. Su expresión fría se suavizó un poco: —Hubo un choque hace un momento y el conductor se dio a la fuga.
Miró el vehículo de ella: —¿Vas a la escuela en eso?
—Sí, se me hizo tarde —dijo Cecilia con una sonrisa.
¿Se le hizo tarde y por eso decidió faltar toda la mañana?
Agustín apretó los labios: —¿Esa cosa aguanta dos personas?
—Claro, ¿a dónde vas?
La moto eléctrica de Cecilia tenía asiento trasero, así que llevar a alguien no era problema. Agustín no se detuvo a pensar por qué una heredera rica andaba en una moto compartida. Miró el asiento trasero con duda.
—¿Seguro que se puede?
Agustín, que jamás había subido a una moto eléctrica, tenía sus reservas.
—¿Te subes o no? Un hombre tan grandote y tan miedoso... —Lejos de la mirada de su abuela Lorena, Cecilia no tenía tanta paciencia con Agustín.
—Súbete, vámonos —dijo él tras avanzar diez metros con confianza.
Cecilia, escéptica, se montó atrás y se agarró de la ropa de Agustín a la altura de la cintura.
Agustín se tensó. Nunca había tenido tanta cercanía física con una mujer; no sabía dónde poner las manos ni los pies. Aunque fuera a través de la tela, podía sentir el calor de sus manos.
—Dale, arranca, yo te digo por dónde.
—Mjm. —Agustín, con los nervios de punta, asintió.
Le sudaban las manos y lo que acababa de aprender se le borró. La moto avanzó haciendo zigzags unos metros y luego se descontroló, acelerando por la calle. Cecilia se asustó; agarrarlo de la ropa no bastaba. Al tomar una curva muy cerrada, no le quedó más remedio que abrazar la cintura de Agustín.
Agustín se puso rígido y frenó de golpe.
—¿Qué te pasa? —Cecilia chocó contra su espalda y se golpeó la nariz—. ¡Au! ¡Estás hecho de piedra o qué!
—Lo siento, no estoy acostumbrado a que me toquen —se disculpó Agustín con sinceridad, sabiendo que era su culpa.

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