Cecilia asintió como si entendiera: —¿Y usted?
¿Él?
Raúl guardó un silencio inusual antes de sonreír: —De joven sí pensé en casarme con ella. Después... simplemente no encontré a la persona adecuada.
Tss...
Eso de «no encontrar a la persona adecuada» sonaba a típica excusa de patán. Es justo lo que usan para envolver a las chavitas.
—¿Y si encuentra a la indicada, se casaría? —preguntó Cecilia, sacando su lado chismoso.
Raúl pensó que solo en momentos así ella parecía una niña de verdad, así que decidió satisfacer su curiosidad.
—Si encuentro a alguien que me guste y quiera tenerla a mi lado, supongo que sí. —De lo contrario, ¿qué tal si le pasaba como con Gabriela y se iba con otro?
La respuesta fue sorprendente, pero no tanto. Cecilia pensó que incluso un hombre tan exitoso como Raúl tenía miedo de que la esposa se le fugara. Dejó de preguntar, bostezó y pronto se quedó dormida.
Al llegar a casa, Raúl no tuvo corazón para despertarla al verla tan profundamente dormida. Fue la misma Cecilia quien despertó al sentir que el auto se detenía. Aunque estaba despierta, su alma seguía en el limbo. Abrazó sus cosas, entró a su cuarto tambaleándose, se quitó la ropa manchada de sangre, se dio un baño y se tiró a la cama.



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