La última frase de Cecilia fue dicha al azar, pero no esperaba que la cara de Maite cambiara drásticamente al escucharla.
Cecilia arrugó la frente:
—¿De verdad crees eso?
El silencio de Maite fue su confirmación.
Cecilia se quedó sin palabras y chasqueó la lengua:
—¿Se te ocurrió a ti solita o alguien te metió esa idea en la cabeza?
—Te sugiero que investigues a quien te dijo eso; sospecho que quieren desviar la atención hacia mí.
—Estoy en último año de prepa, soy estudiante. Mi objetivo es entrar a una buena universidad, no andar perdiendo el tiempo en romances.
—Además, ¿crees que con mis capacidades no puedo encontrar un hombre mejor que tu prometido?
Cecilia dijo esto con una firmeza contundente.
Incluso Agustín, que venía a buscarla, no pudo evitar mirarla de reojo. La chica era brillante, y lo de que no perdía el tiempo en romances parecía ser cierto.
Cecilia vio a Agustín por el rabillo del ojo.
—Espérame tantito —le soltó a Maite y caminó hacia él.
Agustín había ido a recogerla; habían acordado que le pondría las agujas al abuelo por la noche, así que llegó justo a la hora de la salida.
—¿Llegaste? —saludó Cecilia.
Agustín soltó un monosílabo de afirmación.
De repente, Cecilia se colgó del brazo de Agustín y le susurró:
—Hazme un favor, sígueme la corriente.
Sin darle tiempo a pensar, Agustín ya estaba caminando junto a ella hacia su compañera de clase.



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