—No.
La respuesta de Cecilia fue inesperada.
Ramiro, al escuchar el «no», sintió un ligero alivio. Si Cecilia lo hubiera dejado porque encontró a otro mejor, le habría molestado el orgullo. Pero si no era por otro hombre, sino por las circunstancias, entonces él seguía teniendo la sartén por el mango.
Ella ya no era hija de la familia Ortiz, ¿cómo podría encontrar una mejor opción que la familia Gallegos? Ese hombre a su lado se veía demasiado para ella; seguro le estaba pagando o prometiendo algo para que actuara.
La mirada de Ramiro recorrió a Cecilia. Ya era mayor de edad, tenía buena figura y un rostro hermoso. Una chica así, sin respaldo familiar, ¿qué más podía ofrecer aparte de su cuerpo?
Ramiro recordó los rumores recientes sobre Cecilia acostándose con quien pagara. De repente sintió una molestia en el estómago, como si Cecilia le hubiera puesto los cuernos. ¡Aún no rompían formalmente y ella ya andaba de libertina! Esa mujer no merecía compasión.
—Renuncié a Ramiro porque ese compromiso nunca fue mío, le pertenece a Delfina.
—Así que no se puede hablar de renunciar a algo que nunca tuve.
—Ramiro y yo estábamos atados por un error. Como no me gusta, seguir atada a él solo sería una molestia.
—Además, si me gustara este hombre —señaló a Agustín—, no sería por su dinero. Sería porque está guapísimo, ¿no crees?
Los demás no pudieron evitar mirar la cara de Agustín.
Agustín, sintiéndose observado como animal de zoológico, se molestó por dentro, pero no movió ni un músculo de la cara. Si iba a seguirle el juego, lo haría completo.
—Orlando también es guapo —se defendió Maite.
Admitía que Cecilia tenía buen gusto, pero el suyo no estaba mal.
El amigo de Orlando le dio un codazo:
—Mira, Maite sí tiene buen ojo.



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