—¿Se... señor Sandoval? ¿Qué hace usted aquí?
Delfina no pudo evitar sospechar: ¿acaso Agustín también había ido a recogerla a ella? La idea le llenó el pecho de emoción.
Pero antes de que pudiera terminar su fantasía, vio que Cecilia estaba agarrada del brazo de Agustín.
—Hermana, ¿por qué estás agarrada del señor Sandoval?
Delfina, al fin y al cabo, era joven y no sabía disimular sus celos.
Cecilia soltó una risita:
—Ah, es que él vino por mí.
Lo dijo con un tono tan dulce que empalagaba. Héctor sintió una punzada de celos enfermizos; ¡Cecilia nunca le había hablado así a él!
Ramiro también puso mala cara; sentía que le estaban viendo la cara de idiota.
Delfina se sintió incómoda. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué tanta confianza?
Solo Agustín mantuvo la cara de póker, aunque por la mente se le cruzó, sin querer, la imagen de Cecilia abrazándolo por el cuello y susurrando su nombre con una mezcla de reto y dulzura. Con el ruido de fondo, Agustín se distrajo por un segundo.
—¿Por qué mi hermana trata con tanta confianza al señor Sandoval? —preguntó Delfina, incapaz de contenerse.
¿Había pasado algo que ella no sabía?
—Dada la amistad entre mi abuela y el abuelo de Agustín, nuestras familias son muy cercanas. ¿Qué tiene de malo que nos llevemos bien?
Cecilia solo quería decir que se conocían, pero para Delfina sonó a puro alarde. Cecilia estaba presumiendo su relación con Agustín.
¿Acaso...?


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