Miró a Héctor y enseguida se puso a la defensiva:
—¿Qué tengo que ver yo? ¡Cecilia, no acuses a la gente buena sin pruebas!
—Tú misma te comportas como una cualquiera; bien que te atreves a hacerlo, pero te asusta que se sepa, ¿no?
—¿Quieres que llame a la policía ahora mismo? ¿Crees que están de adorno y no pueden rastrear quién empezó el rumor? —Cecilia sacó su celular.
Abril se acobardó al instante:
—¡Yo nunca dije nada!
—Mis papás me esperan, ¡me voy!
Originalmente quería aprovechar para hablar con Héctor, pero le tenía pavor a que Cecilia llamara a la policía. Cecilia se había vuelto insoportable. Antes, cuando era la hija de los Ortiz, ignoraba todo con arrogancia. Ahora que no tenía ese estatus, parecía haber perdido los frenos. Si alguien la molestaba, ella devolvía el golpe.
Y Abril era de las que tiraban la piedra y escondían la mano.
Cecilia hubiera soltado una carcajada si supiera lo que pensaba Abril. Antes no se defendía por guardar las apariencias de la familia; ahora que ya no tenía esa carga encima, las ponía en su lugar. Si no les daba una lección, iban a seguir pensando que les tenía miedo.
Abril salió corriendo a toda prisa.
Delfina miró a Cecilia con resentimiento:
—Hermana, creo que Abril no es mala, solo habla sin pensar. No deberías tomártelo tan a pecho.
Cuando alguien “habla sin pensar” es porque en el fondo eso es justo lo que piensa. O sea, ¿Delfina insinuaba que lo que dijo Abril era verdad?
—Ay, Delfina, se te nota a leguas lo falsa que eres—dijo Cecilia de repente.
Delfina se quedó helada. Estaba a punto de llorar:
—Hermana, ¿acaso no te caigo bien?
Cecilia sonrió:
—Ups, es que yo soy muy directa. Tú, que eres tan buena onda, seguro no te lo vas a tomar a pecho.

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