Delfina le había comprado un montón de cosas a la anciana y observaba la hermosa casona donde vivía la abuela Paloma.
Se dio cuenta de que no todos los pueblos eran iguales. Aquello no parecía un simple rancho, se vivía como reyes.
Paloma estaba en el patio jugando con un gato, envuelta en una manta para no pasar frío. Al ver llegar a alguien se alegró, pero cuando vio bajar del auto a Delfina en lugar de a Cecilia, frunció el ceño.
—¿Trajiste a tu novia? —le preguntó a su nieto.
La sonrisa de Delfina se congeló.
Héctor se apresuró a jalar a Delfina para explicar:
—Abuela, ¿no le llamó mi papá para contarle? Hubo una confusión con las bebés de la familia Ortiz.
Héctor remarcó: —Delfi es mi verdadera hermana, Cecilia no. Ella no tiene nuestra sangre.
Delfina pensó que lo decía por ella y se sintió conmovida. Su hermano realmente la quería y no tenía favoritismos con Cecilia.
Pero Paloma miró a su nieto de reojo:
—¿Y Ceci? ¿No vino?
—No quiso venir —dijo Héctor, molesto al mencionar a Cecilia—.
—Usted es la que más la consiente, y ella ya hasta se buscó otra abuela. Es una malagradecida.
Héctor sí que sabía cómo meter cizaña.
En ese momento, el coche de Cecilia se detuvo afuera del patio.
—¿Quién dijo que no vine?
Cecilia fulminó a Héctor con la mirada, pero al volverse hacia Paloma, cambió de expresión al instante.
—Abuela, ya llegué por usted.
Paloma sonrió al ver a Cecilia:
—Muy bien. Arturo ya me contó que vas a romper el compromiso con el chico de los Gallegos.
—Si me preguntas a mí, ese compromiso nunca debió haberse hecho.
—¿En qué siglo viven para andar con eso de matrimonios arreglados?
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