Cada vez que iba al campo, a Cecilia se le levantaba el ánimo. Al contrario, regresar a la ciudad la hacía sentir incómoda.
Paloma notó que Cecilia había cambiado un poco.
—Si hubiera sabido que no eras hija de los Ortiz, habríamos buscado a tus padres antes. Quién sabe, igual y habrías sido más feliz que con ellos.
Habiéndola visto crecer, ¿cómo no iba a saber Paloma si la niña era feliz o no? Cecilia ahora se veía muy relajada, diferente a como estaba en visitas anteriores.
—Abuela, sea o no de su sangre, yo la quiero igual.
Cecilia tarareaba una canción; sabía muy bien cómo contentar a la anciana.
Paloma se rio:
—¿No escuchaste a Héctor acusándote hace rato? Dijo que ya te habías buscado otra abuela.
Cecilia no quería hablar de ese tonto.
Charlaron sobre cómo les iba, y Cecilia le contó sobre el paciente con cáncer de hueso que estaba tratando.
Paloma, que también tenía grandes conocimientos médicos, asintió al escuchar el plan de Cecilia:
—Es, sin duda, un intento novedoso. Si logran encontrar el punto clave, ¡seguro funcionará!
—Ceci, a tu edad, tu nivel médico ya supera al de muchos veteranos, pero no se te vaya a subir a la cabeza, ¿eh?
¿Qué podía decir Cecilia? Ella jamás sería arrogante.
—Abuela, sé que siempre hay alguien mejor.
Paloma asintió.
—Tienes muy buen instinto. Si con todo lo que sabes logras poner en alto nuestra forma de hacer medicina, el doctor Serrano va a estar sonriendo dondequiera que esté.
Al recordar al doctor Serrano, Cecilia comentó:

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