—Señora Ramírez.
Solo de verle la cara, Adara tuvo un mal presentimiento.
Miró de reojo y, para su desgracia, ahí venía el grupo completo de arpías.
—Señora González, Jimena, qué sorpresa verlas por aquí.
Ese grupo de mujeres no hacía más que juntarse a destilar veneno. Si no estaban criticando su peso a sus espaldas, se burlaban de que no podía controlar a Gonzalo.
¡Pero entre gitanos no se iban a leer las cartas!
Esa señora Ramírez había metido a su propia hermana viuda a su casa para que ambas complacieran al mismo hombre.
El marido de Noelia González, por otro lado, era un hombre sumamente dócil, sin escándalos ni cola que le pisen.
Pero la única razón por la que se portaba bien era porque la familia de Noelia tenía todo el dinero y el poder.
Si Adara y Gonzalo habían construido su imperio hombro con hombro, el marido de Noelia era un mantenido sin carácter.
Aparte de tener una cara bonita, ¡era un don nadie!
Era el típico hombre que no levantaba la voz ni aunque lo pisotearan.
Noelia lo humillaba públicamente a su antojo y él jamás mostraba una pizca de dignidad.
Era un pobre diablo.
Y luego estaba Jimena. Su matrimonio era el chiste de la década.
Era cierto que su esposo jamás miraba a otras mujeres... ¡porque prefería a los hombres!
El señor Villegas, el marido de Jimena, era dueño de una agencia de entretenimiento, y la mayoría de los actores jóvenes de su catálogo no lograban escapar de sus garras.
Pero Jimena vivía en una feliz negación. Tal vez simplemente prefería engañarse a sí misma.
Para ella, el hecho de que su marido no anduviera regando hijos bastardos por ahí era motivo de inmenso orgullo.
—Pues sí —dijo la señora Ramírez, mirando a Adara con evidente burla—. Por cierto, escuché que tu Gonzalo anda muy inquieto últimamente.
—¿No leí en internet que está patrocinando a otra jovencita?
—Y dicen las malas lenguas que esta vez la dejó embarazada.
Jimena no perdió la oportunidad de clavar el puñal:
—Adara, querida, ¿vas a permitir que te humillen así? ¿Cómo puedes tolerarlo?

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