Lo único que había hecho Adara era soltar la verdad sin piedad, destruyendo la dignidad de Jimena en público.
Pero, para ser justos, ellas tampoco habían tenido reparos en intentar humillar a Adara minutos antes.
—¿Que yo lo difamo? ¿O es que en el fondo sabes perfectamente que es la verdad?
—Toda su agencia de talentos es su harén personal de jovencitos. ¿Quieres que siga hablando?
—¿Acaso no fue tu marido el que intentó pasarse de listo con Lorenzo Carrasco el año pasado?
—Cuando Lorenzo lo rechazó, tu esposo se volvió loco de ira. Por si no lo sabes, Lorenzo es uno de los actores que representa mi cuñada. ¡Tu maridito casi ordena que le destrocen la cara!
—Tuvieron que soltar muchísimo dinero para encubrir ese desastre, ¿o me equivoco?
Cuando Adara se reunía con estas mujeres, por lo general prefería mantener un perfil bajo y no alardear de sus conexiones con la familia Ortega.
Pero si estas víboras creían que podían pisotearla, estaban muy equivocadas.
Al escuchar el nombre del actor, el rostro de Jimena se volvió pálido como el papel.
—¡Eso es imposible!
—Lo de Lorenzo Carrasco fue un accidente. ¿Qué tiene que ver mi esposo en eso?
—Te advierto que te puedo demandar por difamación.
Jimena gritaba, pero su voz temblaba de terror.
Adara la leyó como a un libro abierto.
—Adelante, demándame. Sería la excusa perfecta para reabrir esa investigación.
—Y te aseguro que, con los abogados de mi familia, ni todos los millones del mundo evitarán que tu maridito termine pudriéndose en la cárcel.
La repentina y brutal confianza de Adara finalmente hizo reaccionar a las otras mujeres.
De pronto recordaron que Adara tenía el respaldo absoluto de la familia Ortega. Esa era una liga a la que ellas ni soñando podían enfrentarse.
—¡No voy a rebajarme a tu nivel! —balbuceó Jimena, sin atreverse a apostar más.
Fue Noelia González quien intentó calmar las aguas:
—Adara, por favor, no le hagas caso a Jimena. Ya sabes que no tiene filtro, pero en el fondo solo se preocupaba por ti.

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