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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 2

Al ser mencionada, Delfina se apresuró a decir:

—Mano, yo no me siento mal. Si mi hermana quiere quedarse...

No pudo terminar la frase porque Cecilia la interrumpió:

—Disculpa, ¡pero no quiero!

Delfina se quedó pasmada.

—Pero ya es muy tarde, ¿a dónde va a ir, hermana?

Héctor sintió una rabia repentina:

—Ya, Delfi, no te preocupes por ella.

—Esta no es su casa. Ahora puede irse a su verdadero hogar.

Diciendo esto, Héctor sacó la cartera, tomó doscientos pesos y se los aventó a Cecilia.

—Está lloviendo muy fuerte, ¡ten para que te busques un motel barato y pases la noche!

Cecilia no se molestó en recoger el dinero; solo le lanzó una mirada indiferente a Héctor.

Antes no se había dado cuenta de que Héctor fuera tan desgraciado.

Su hipocresía no tenía límites.

Cecilia tomó su equipaje, dio media vuelta y se marchó.

La lluvia arreciaba, haciendo que Cecilia se viera pequeña y frágil.

Delfina miró la espalda de Cecilia alejándose y puso cara de preocupación:

—Todavía está lloviendo, ¿a dónde podrá ir?

—No creo que se vaya a ese ranchito ahorita, ¿verdad? Se me olvidó darle la dirección de allá.

Héctor cambió de expresión y encendió el carro que estaba en el patio.

—Delfi, sube para indicarme el camino. ¡Yo mismo la voy a llevar!

Delfina no tuvo opción de negarse. Héctor arrancó persiguiendo a Cecilia.

En menos de dos minutos, el carro pasó junto a Cecilia, salpicándola de agua, antes de frenar más adelante.

Héctor bajó la ventanilla:

—¡Cecilia, sube!

—¡No necesito tu falsa caridad! —Cecilia intentó rodear el auto.

Héctor resopló:

—¿Crees que es por amabilidad? ¡Es que tengo miedo de que te quedes rondando y no te largues!

—¿Y si no me voy con ustedes? —Cecilia echó un vistazo al otro lado de la calle.

Allí estaba estacionado un auto deportivo de diseño peculiar.

Héctor usó su carta bajo la manga:

—¿Acaso no quieres ver pronto a tu verdadera familia?

—¡Héctor! —gritó Delfina asustada.

Héctor reaccionó:

—¡No tengas miedo, Delfi!

Rápidamente recuperó la compostura.

El camino al pueblo no era fácil. Llegaron a Villa Ortiz alrededor de las tres de la madrugada.

La gente de la Villa Ortiz, naturalmente, llevaba el apellido Ortiz, pero no tenían relación alguna con los Ortiz de la ciudad. Para Héctor, los aldeanos no eran más que un grupo de catetos que, por pura casualidad, resultaron tener su mismo apellido.

El pueblo estaba sumido en la lluvia y la oscuridad; el ruido del motor provocó ladridos por todas partes.

Aquello le dio un toque de vida inesperado al lugar.

El carro estaba salpicado de lodo. Héctor bajó con una mirada de total asco.

En su vida quería volver a pisar este lugar de mala muerte.

—Cecilia, el carro no entra más allá, así que aquí te dejamos, en la entrada del pueblo.

Cecilia había subestimado lo sinvergüenza que podía ser Héctor.

Ni siquiera sabía dónde estaba la casa de la familia de Delfina. ¿Cómo iba a encontrar a alguien a estas horas de la madrugada?

—¿Dónde vive Delfina?

Héctor se quedó pasmado con la pregunta; ¡él tampoco sabía!

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