Al escuchar la pregunta de Cecilia, las otras reaccionaron de inmediato:
—Sí, Zulema, deja los libros un rato y vente a comer.
—Espérenme tantito.
Zulema les dedicó una sonrisa tímida al ver que la incluían.
Aunque pidió que la esperaran, se movió rápido.
Al bajar de la litera, casi se tropieza.
Las cuatro chicas llegaron al comedor de la Universidad de Viento Claro. Habían habilitado una ventanilla especial para los estudiantes del campamento de invierno.
La comida estaba bastante bien; solo tenían que recargar saldo en la tarjeta para pagar.
En el comedor se encontraron con otros estudiantes sentados en grupos, discutiendo el examen de esa mañana.
Sin embargo, no todo era armonía.
Por ejemplo, apenas Cecilia se sentó, un chico le lanzó una mirada poco amistosa.
Luego soltó un comentario sarcástico:
—Hay gente que tiene mucha suerte. Entran al campamento sin importar qué métodos usen.
—No como nosotros, que nos matamos estudiando. Nosotros traemos los libros hasta para comer con tal de no perder tiempo.
Cecilia supo de inmediato que hablaban de ella.
Pero no dijo nada.
No habían dicho su nombre, ¿para qué ponerse el saco?
El chico, al ver que Cecilia no respondía, se convenció aún más de que ella tenía cola que le pisaran.
No sabía cómo había convencido a la policía y a la Asociación para que la respaldaran, pero al verle la cara, el chico sintió que sus sospechas eran ciertas.
—Cecilia, oí que fuiste el primer lugar de tu estado. ¿Pudiste resolver el último problema del examen de hoy?
En la mesa del chico habían estado discutiendo ese problema.
El profesor lo explicaría en la siguiente clase, pero les habían dado el examen para que intentaran resolverlo antes.
El noventa por ciento de la clase decía que era imposible. Muchos habían dejado los últimos tres problemas en blanco.



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