—¡Ten los huevos de repetir eso!
Orlando no era impulsivo, pero cuanto más trataba a Cecilia, más la admiraba.
Escuchar que la difamaban así, e involucraban a Quintín y a él, le cayó muy mal.
Orlando jugaba baloncesto desde hacía años y era alto y fuerte.
Al hablar, impuso una presencia amenazante.
El chico se llamaba Eugenio; medía menos de uno sesenta y tenía la piel morena.
Ante la provocación de Orlando, sintió miedo.
Pero se hizo el valiente:
—¿Dije alguna mentira?
—¿Por qué nadie más defiende a Cecilia y solo ustedes dos saltan?
—Escuché que van en la misma escuela. No sería raro que fueran sus amigovios, ¿verdad?
Su mirada barrió el rostro de Cecilia:
—Digo, siendo ella tan bonita...
No era un cumplido, era un insulto disfrazado.
Los dos muchachos se sintieron asqueados.
¿Y Cecilia?
Ella se levantó y caminó hacia Eugenio.
—¿Qué vas a hacer? ¿Pegarme? —Eugenio estiró el cuello y se puso de pie de un salto.
Todos notaron que ni siquiera de pie alcanzaba la estatura de Cecilia y contuvieron la risa.
—Tú, pinche...
Orlando se acercó, listo para darle una lección a Eugenio.
Ese tipo tenía la boca muy sucia.
Pero Cecilia no le dio la oportunidad. Lo hizo a un lado y le soltó una cachetada a Eugenio que resonó en todo el lugar.
—Si te quiero pegar, te pego. ¿O crees que necesito sacar cita?
El Profe Ortega y otros dos maestros del campamento entraron al comedor justo a tiempo para ver a Cecilia soltar el golpe.
Se quedaron de piedra.
Nadie esperaba que esa chica se fuera a los golpes directamente.

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