—¿Qué médico ni qué nada? ¿De verdad la medicina tradicional puede curar al abuelo Ezequiel? Agustín, ¿me estás escuchando?
Al ver que Agustín no le hacía caso, Adelina siguió su mirada.
Vio a una chica envuelta en una chamarra negra, de piel blanca, facciones finas y ojos sonrientes. Llevaba el cabello recogido en un chongo despeinado, con algunos mechones sueltos que le daban un aire despreocupado.
Parecía un gatito curioso.
—¿Estás viendo a esa niña?
—¿Se te hace bonita?
Adelina sintió un sabor amargo, indescriptible.
Agustín la ignoró y caminó directamente hacia Cecilia.
Quintín y los demás, que habían viajado en el avión privado gracias a él, estaban muy agradecidos con Agustín. Antes de que Cecilia dijera algo, ellos ya lo estaban saludando.
—Señor Sandoval, qué casualidad —dijo Cecilia sonriéndole, y luego echó un vistazo a Adelina.
¿Estaban en una cita?
—¿Acaban de cenar? —preguntó Agustín, notando el olor a comida a la parrilla; no pensó en otra cosa.
—Sí. ¿Es su novia? —preguntó Cecilia directamente, señalando sutilmente a Adelina con la barbilla.
Orlando también se le quedó viendo a Agustín.
Ese día en la puerta de la escuela, Cecilia se había colgado del brazo de Agustín y parecían muy cercanos. ¿Y ahora resulta que Agustín salía con novia? La mujer parecía de buena familia. ¿Acaso estaba jugando con Cecilia?
Lo más raro era que Cecilia no parecía ni un poco molesta. Orlando no entendía nada.
Adelina no le dio oportunidad a Agustín de negar nada y saludó directamente a Cecilia:
—Hola, soy Adelina.
—Agustín, ¿quién es esta niña?
Adelina conocía a las amigas de Agustín, ya que él no solía ser muy cercano a las mujeres. Pero Cecilia era diferente, se veía demasiado joven. Además, era una cara nueva y, por su acento, no parecía de Viento Claro.
—Es una conocida, una jovencita —respondió Agustín con tono suave.


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