El abuelo sentó a Cecilia justo a su izquierda.
Prácticamente le dio el lugar que le correspondía a Valentín.
Sin embargo, Valentín no tuvo ninguna queja; hacer sentir a su prima valorada era su deber.
Nadie fue excesivamente empalagoso, dejaron que Cecilia comiera a su ritmo, lo cual la hizo sentir más cómoda.
Agustín, por su parte, regresó a casa con la Echeveria.
Ezequiel suspiró aliviado al ver que su nieto traía la planta.
De verdad temía que Esteban Ortega se hubiera arrepentido después de haber aceptado.
Al fin y al cabo, esa Echeveria era difícil de conseguir, y había escuchado a Esteban presumirla varias veces.
—Me encontré a Cecilia en casa de la familia Ortega.
Agustín guardó el frasco con la Echeveria y le contó a su abuelo.
—Te encontraste con... espera, ¿con quién dices que te encontraste?
Ezequiel pensó que había escuchado mal.
—Con Cecilia. —Agustín, resignado, repitió el nombre.
—¿Ceci? ¿Qué hacía ella con los Ortega?
—¿Acaso Esteban también está enfermo? ¿Quién llamó a Ceci para que lo atendiera?
Pero, ¿quién había revelado que Ceci sabía de medicina?
Ezequiel miró a su nieto con sospecha.
Agustín adivinó de inmediato lo que pensaba el abuelo.
—Abuelo, estás imaginando cosas. Ella no fue a atender al abuelo Esteban.
—¿Entonces a qué fue? —Ezequiel no lo entendía.
—Ella es la hija de Luciana. —Agustín no se anduvo con rodeos y le soltó la noticia de golpe.
Ezequiel escupió el té.
—¿Qué dijiste?
Agustín dio un paso atrás por instinto.
—Ya me escuchaste, no necesito repetirlo.
Ezequiel negó con la cabeza:
La lengua de la señora Lorena Ortiz no perdonaba a nadie.
No importaba qué tan bien te llevaras con ella, si la hacías enojar, te iba mal.
Solo en estos últimos años, la mujer había envejecido y decidido llevar una vida más tranquila.
—Esto es perfecto. Ceci es de los nuestros, ya no tengo que envidiarle nada a Lorena.
Ezequiel estaba sumamente satisfecho.
Agustín recordó la actitud de los Ortega ese día; no habían mencionado ni una palabra sobre algún compromiso entre él y Cecilia.
Lo más probable es que todo esto fuera una fantasía unilateral de su abuelo.
Decidió no pincharle el globo de la ilusión.
Ezequiel reaccionó rápido:
—Hoy estuviste ahí, ¿tu abuelo Esteban no mencionó nada?
Agustín miró al anciano sin decir palabra.
¿Qué más había que explicar?

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