Él se quedó momentáneamente atónito al ver la extraña cara que ponía Cecilia.
—Tenga, beba un poco antes de dormir.
Cecilia cambió de expresión en un instante y le puso la taza en la mano a Agustín: —No lo hice muy cargado. Es bueno para los nervios y para que descanse mejor.
—Gracias, señorita Ortiz. —Agustín tomó la taza.
—Que descanse. —Cecilia dio media vuelta y se marchó sin más preámbulos.
Agustín miró su espalda y se sintió avergonzado por un segundo debido a los pensamientos que habían cruzado su mente.
Cuando Cecilia tocó a la puerta, Agustín había tenido una sospecha maliciosa.
Pero era mejor que fuera un malentendido.
No quería ofender a la familia de la vieja amiga de su abuelo, ni a una jovencita que decía ser aprendiz del señor Serrano.
***
Mientras tanto, Ivana y los demás habían regresado a su casa en la ciudad, pero daban vueltas en la cama sin poder dormir.
Entre la pérdida de los veinte millones y la humillación que le hizo pasar Cecilia, Ivana tenía un nudo en el estómago.
Arturo llegó a casa pasada la medianoche tras una cena de negocios.
Se lavó y se tiró en la cama, emanando un olor a alcohol que espantó el sueño de Ivana por completo.
Ella frunció el ceño: —¿Por qué bebiste tanto?
—Todo sea por ese proyecto. —Arturo se frotó las sienes; el exceso de alcohol le provocaba dolor de cabeza.
—¿Fueron al campo hoy? ¿Ya trajeron a Cecilia de vuelta?
Ante la pregunta de Arturo, Ivana se quedó rígida: —¡Se me olvidó!
Recién recordaba que el viaje al campo no era solo para llevar las cosas de Delfi y los regalos.
Su marido le había encargado traer a Cecilia de regreso.
Arturo se molestó: —¿Qué pasó?
Ayer, al enterarse de que su hijo había enviado a Cecilia al campo en mitad de la noche, ya se había enojado.
Ni siquiera habían hecho la prueba de ADN y ya la estaban echando; la gente pensaría que trataban a Cecilia como basura.

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