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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 26

Él se quedó momentáneamente atónito al ver la extraña cara que ponía Cecilia.

—Tenga, beba un poco antes de dormir.

Cecilia cambió de expresión en un instante y le puso la taza en la mano a Agustín: —No lo hice muy cargado. Es bueno para los nervios y para que descanse mejor.

—Gracias, señorita Ortiz. —Agustín tomó la taza.

—Que descanse. —Cecilia dio media vuelta y se marchó sin más preámbulos.

Agustín miró su espalda y se sintió avergonzado por un segundo debido a los pensamientos que habían cruzado su mente.

Cuando Cecilia tocó a la puerta, Agustín había tenido una sospecha maliciosa.

Pero era mejor que fuera un malentendido.

No quería ofender a la familia de la vieja amiga de su abuelo, ni a una jovencita que decía ser aprendiz del señor Serrano.

***

Mientras tanto, Ivana y los demás habían regresado a su casa en la ciudad, pero daban vueltas en la cama sin poder dormir.

Entre la pérdida de los veinte millones y la humillación que le hizo pasar Cecilia, Ivana tenía un nudo en el estómago.

Arturo llegó a casa pasada la medianoche tras una cena de negocios.

Se lavó y se tiró en la cama, emanando un olor a alcohol que espantó el sueño de Ivana por completo.

Ella frunció el ceño: —¿Por qué bebiste tanto?

—Todo sea por ese proyecto. —Arturo se frotó las sienes; el exceso de alcohol le provocaba dolor de cabeza.

—¿Fueron al campo hoy? ¿Ya trajeron a Cecilia de vuelta?

Ante la pregunta de Arturo, Ivana se quedó rígida: —¡Se me olvidó!

Recién recordaba que el viaje al campo no era solo para llevar las cosas de Delfi y los regalos.

Su marido le había encargado traer a Cecilia de regreso.

Arturo se molestó: —¿Qué pasó?

Ayer, al enterarse de que su hijo había enviado a Cecilia al campo en mitad de la noche, ya se había enojado.

Ni siquiera habían hecho la prueba de ADN y ya la estaban echando; la gente pensaría que trataban a Cecilia como basura.

—Sí, creo que se presentó como Agustín.

Ivana omitió el detalle de que ella había despreciado la almohada al principio. De todas formas, la atención de Arturo ya no estaba en el objeto.

—¿Agustín? ¿Viento Claro? ¿El presidente del Grupo Novaterra?

Arturo se emocionó de golpe.

¡El Grupo Novaterra tenía una fortuna incalculable! ¡Eran los más ricos de Viento Claro!

Si lograban colaborar con el Grupo Novaterra y conseguir su inversión, ¡todos sus problemas con el proyecto desaparecerían!

Ivana dudó: —No sé si es él, pero ese joven llevaba un reloj Patek Philippe y conducía un Rolls-Royce.

—¡Tiene que ser él! —Arturo se sentó en la cama y luego se volvió a acostar, inquieto—. ¡Mañana iré yo mismo a recoger a Ceci!

Ivana arrugó la frente: —¿Para la prueba de ADN? Basta con llamarla y decirle.

¿Acaso Cecilia se atrevería a no ir?

—Sí, y de paso averiguaré sobre el señor Agustín.

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