Arturo era un hombre observador.
El señor Agustín había llegado a Villa Ortiz por la noche, así que no se iba a ir luego luego.
Si su abuelo y la señora Lorena eran viejos amigos, Lorena no tendría corazón para echarlo a esas horas.
Por lo tanto, si iba allá, era muy probable que se encontrara con Agustín.
¡Si lograba verlo, tenía plena confianza en convencerlo de invertir!
Ivana, como buena esposa de su clase, entendió de inmediato la jugada.
Ahora se arrepentía; si hubiera recuperado la almohada de madera de agar, todo sería más fácil. Si Cecilia se ponía difícil y no quería vender la suya, ella podría haber vendido la de Delfi.
Habían perdido una oportunidad de oro para entablar relación con el señor Agustín.
Sin embargo, pronto le asaltó una preocupación: si Arturo iba mañana a Villa Ortiz, ¿descubriría que ella había despreciado la almohada por vieja?
Mientras Ivana pensaba cómo encubrir su mentira, Arturo se sumergió en la fantasía de cerrar el trato del proyecto.
El matrimonio dormía en la misma cama, pero con sueños muy distintos.
***
Al día siguiente, Cecilia apenas se había levantado y ni siquiera se había lavado la cara cuando recibió la funesta noticia de que la familia de Arturo había llegado.
No pudo evitar ir a la cocina a comentar con la tía Wilma, que preparaba el desayuno: —Tía Wilma, ¿por qué vinieron otra vez?
La tía Wilma ya se había dado cuenta de que a Cecilia no le caían muy bien sus padres adoptivos.
El trato que los padres dan a los hijos se refleja en cómo los hijos tratan a los padres.
Era evidente que los padres adoptivos de Cecilia no habían sido los mejores.
—Dicen que vienen a llevarte para la prueba de parentesco y quieren convencer a Lorena de que vaya también. Ellos pagan —dijo la tía Wilma imitando el tono de Ivana.
—Pero yo creo que vienen por la visita.
La tía Wilma era una mujer de campo, pero no tenía un pelo de tonta.
Las intenciones de esa pareja eran transparentes.
—¿Usted cree que vienen por Agustín?
Cecilia echó un vistazo hacia afuera.
Arturo buscaba cualquier excusa para hablar con Agustín, mientras Ivana charlaba con Lorena llevando a Delfina del brazo.
Delfina vio salir a Cecilia con el desayuno y se levantó de un salto.
¡No quería que Cecilia la opacara!
—No hace falta, no es mucho, con Ceci basta —rechazó Wilma.
Delfina sintió una punzada de molestia y miró a Cecilia: —Mi hermana no está acostumbrada a esto, deja que lo haga yo.
Sin esperar respuesta, estiró la mano para quitarle el plato.
Cecilia se hizo a un lado, dejando la mano de Delfina en el aire.
—Si no lo hacía antes, ahora es buen momento para aprender.
—Delfi es una invitada, ¿cómo vamos a ponerla a trabajar?
La palabra «invitada» se clavó como una espina en el corazón de Delfina.
La actitud de su abuela confirmaba que ahora la veían como a una extraña.
—¡Delfi! —Ivana no soportaba ver cómo Cecilia humillaba a su hija biológica con esas indirectas.
Antes le gustaba Cecilia porque la hacía quedar bien en sociedad.

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